
Apenas a una hora de distancia, en la casa familiar, las luces de la sala todavía estaban prendidas. La madre de ella terminaba de lavar los platos de la cena, tarareando bajito, mientras el padre guardaba las sillas plegables en el patio, comentando lo bien que los había visto a los dos y lo orgullosos que se sentían del camino que estaban forjando. Nadie esperaba nada fuera de lo común; tal vez un mensaje de texto con un simple «ya llegamos a la casa, buenas noches», de esos que se mandan por pura costumbre y tranquilidad.
Pero el teléfono que sonó a la una y media de la madrugada no traía un mensaje de texto.
El timbrazo cortó el aire de la casa con un eco lúgubre que le erizó la piel a la madre antes de descolgar. Del otro lado de la línea, la voz pausada y solemne de un oficial de la policía federal preguntaba por los familiares directos de las víctimas registradas en la tarjeta de circulación. En cuestión de tres frases, el piso entero se desmoronó bajo sus pies: el teléfono cayó al piso, un grito desgarrador atravesó las paredes de la casa y el llanto incontrolable del padre se mezcló con el pánico de tener que marcarle a la otra familia para darles la noticia más ruinosa que unos padres pueden transmitirle a otros.
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