
Caminé despacio hacia la ventana, tratando de no hacer movimientos bruscos, y jalé las cortinas de un solo tirón. La tela gruesa cayó como un muro entre la oscuridad de la calle y yo. El pulso me golpeaba con fuerza en las sienes, tan rápido que por un segundo creí que la mujer al otro lado de la línea podía escuchar mis latidos.
—Si no conoces a Lucas, ¿entonces qué diablos quieres de mí? —pregunté, apretando el teléfono con los nudillos blancos—. Y no me salgas con evasivas, Grace. Si tienes una patrulla afuera de mi puerta o si estás sentada en un coche mirándome, dilo de una vez.
—No estoy afuera de tu casa, Anne —respondió con una calma que me heló la sangre—. La fotografía que te mandé la tomó alguien más. Alguien a quien Lucas le debe mucho más que explicaciones. Y créeme, preferirías que fuera la policía la que estuviera rondando tu banqueta.
El aire en la habitación se volvió pesado, irrespirable.
—Habla claro —exigí, sintiendo un nudo en la boca del estómago—. Durante setenta y dos horas pensé que mi único problema era que mi esposo era un miserable infiel que me quería despojar para largarse con otra mujer y un hijo en camino. ¿Me estás diciendo que hay algo peor?
Una respiración entrecortada se escuchó en la bocina.
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