
—Esa mujer, la del ultrasonido… no es su amante —soltó Grace, midiendo cada sílaba.
Me quedé completamente inmóvil, apoyando la espalda contra la pared fría, lejos del marco de la ventana.
—¿De qué estás hablando? Encontré los mensajes. Vi las transferencias a la clínica privada, los pagos de las consultas prenatales, los correos donde le prometía que pronto tendrían la casa de campo lista para ellos.
—Esa mujer es mi hermana menor, Mariana —confesó Grace, y por primera vez su voz perdió la rigidez, dejando asomar un temblor de angustia pura—. Y Lucas no es el padre de esa criatura. Lucas es el prestanombres de la clínica.
Las palabras flotaron en el aire, carentes de sentido en mi cabeza.
—No entiendo…
—Lucas no te está robando para huir por amor, Anne. Te está robando porque los hombres con los que se metió en la financiera no perdonan deudas. Convenció a Mariana de entrar a un programa clandestino de gestación subrogada para clientes con demasiado dinero y cero escrúpulos. Cuando mi hermana se arrepintió en el quinto mes y quiso cancelar todo, Lucas la encerró en ese departamento que tú crees que es su nido de amor. Las transferencias no eran regalos de un amante culpable; eran pagos para mantener a los guardias en la puerta y a los médicos callados.
Sentí como si el piso se abriera debajo de mis pies. La infidelidad, con todo el dolor que me había causado, de pronto parecía un juego de niños comparado con la cloaca en la que mi matrimonio estaba hundido.
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