
El aire en el pasillo del piso cuarenta y dos se volvió tan denso que sentí que me asfixiaba. Los empleados que estaban cerca fingieron mirar sus pantallas, pero el silencio era tan absoluto que se podía escuchar el zumbido del aire acondicionado.
Adrian no apartaba los ojos del papel arrugado. Sus dedos, normalmente firmes e implacables al firmar contratos millonarios, temblaban de manera casi imperceptible al sostener la pequeña fotografía de cuatro por seis pulgadas.
En la imagen aparecía yo, siete años más joven, sentada en una banca del Central Park durante un otoño dorado, riendo a carcajadas con los ojos entrecerrados. A mi lado, con el brazo sobre mis hombros y una sonrisa idéntica a la que Adrian ponía cuando bajaba la guardia, estaba él.
Julián Kane.
Su hermano gemelo. El hombre que el mundo entero creía muerto en un accidente aéreo sobre el Pacífico hacía seis años y medio.
—Adrian… por favor —susurré, sintiendo cómo las lágrimas me quemaban la garganta. Di dos pasos al frente, queriendo arrebatarle la foto, queriendo proteger a Mia, queriendo salir corriendo de ese edificio y desaparecer de Nueva York para siempre.
Mia nos miraba confundida, abrazando a Gerald contra su pecho.
—Mamá… ¿hice algo malo? —preguntó la niña con un hilito de voz, dándose cuenta por fin del peso aplastante que había caído sobre el lugar.
Adrian respiró hondo, tragándose el nudo que le deformaba la mandíbula. En una fracción de segundo, la máscara del director ejecutivo frío y calculador volvió a cubrirle el rostro, aunque sus ojos seguían inyectados en sangre.
Se puso de pie con lentitud, imponiendo toda su estatura.
—A mi oficina. Las dos. Ahora —ordenó en voz baja, pero con una autoridad que no admitía réplica.
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