
Adrian se quedó inmóvil. El color, que apenas comenzaba a volver a su rostro, se le fue de nuevo por completo.
—Mi padre te corrió…
—Me dio veinticuatro horas para irme del estado. Cambié de departamento, me fui a vivir con mi madre a Georgia, di a luz sola en un hospital público y trabajé dieciséis horas al día para darle una vida digna a Mia. Cuando tu padre falleció hace cuatro años, supe que tú habías tomado el control de la firma. Regresé a Nueva York porque aquí estaban las mejores oportunidades, solicité el empleo con mi apellido de soltera y juré que jamás usaría a mi hija para reclamar un solo centavo de su herencia.
Adrian no decía nada. Sus ojos se desviaron del rostro mío hacia el sillón donde Mia estaba sentada, balanceando sus piernitas al ritmo de la música infantil.
Entonces lo vi. Vi cómo Adrian se percataba de cada rasgo. La forma de su nariz, el arco de sus cejas, la risa fácil que había mostrado en el pasillo, e incluso ese pequeño lunar que la niña tenía cerca del lagrimal izquierdo. Eran los mismos rasgos de la dinastía Kane. Eran los ojos de Julián.
—Ella… ella tiene sus manos —murmuró Adrian con la voz completamente rota.
Caminó despacio hacia el sillón. Parecía que sus piernas no le respondían del todo. Se agachó frente a Mia con una delicadeza infinita, como si temiera que la niña fuera de cristal y pudiera romperse con el menor roce.
Mia sintió la sombra, se quitó un lado del audífono y lo miró con curiosidad.
—¿Ya terminaron de hablar de trabajo? —preguntó con inocencia.
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