
Once meses. Once meses de cenas frías, cumpleaños perdidos, noches en que lo oía llorar, y yo convencida de que solo estaba agotado.
Once meses de silencio
Casi no lo reconocí en la habitación de neurocirugía. Tenía la cara más delgada, ojeras profundas y una pequeña zona rapada junto a la sien. Cuando oyó mis pasos abrió los ojos.
—Lucía…
—Once meses, Andrés.
Las lágrimas le corrieron por las mejillas.
—Perdóname. No quería asustarte.Explorar Menús
—Soy tu esposa. No una extraña a la que hay que proteger de la verdad.
—Tenía miedo —dijo.
Esas tres palabras me callaron. Nunca había oído a mi marido admitir que tenía miedo. Me senté a su lado y le tomé la mano temblorosa.
—¿Y todas esas noches fuera de casa?
—Tratamientos. Consultas. Pruebas.
Mientras yo creía que mi esposo salvaba vidas, él luchaba por la suya.
Esa tarde Mateo me entregó una carpeta, con permiso de Andrés. Contenía resultados médicos y fechas de internación, pero había algo extraño: varias citas registradas bajo el nombre de un programa experimental, el Proyecto Alba.
—Es un protocolo de investigación clínica —admitió Mateo—. Andrés participó en desarrollarlo antes de enfermarse.
Esa noche, junto a la ventana, Andrés por fin habló.
—Hace dos años empezamos a investigar un tratamiento para ciertos tumores cerebrales. Al principio los resultados parecían prometedores. Después encontré irregularidades en algunos informes: resultados modificados, complicaciones que no se documentaron.
—¿Lo denunciaste?
—A la dirección del programa. Me dijeron que interpretaba mal los datos. Tres meses después empezaron mis síntomas.
Los documentos firmados
Esa misma noche me llamó una mujer desconocida.Buscar hospitales
—Soy la doctora Renata Lozano, investigadora clínica. Trabajé en el Proyecto Alba. Alguien se encargó de que los informes de su esposo desaparecieran. Revise los documentos que firmó durante su primera hospitalización.
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