
mí como si fuera una amenaza, como si yo fuera la última persona que debía enterarse de algo que, aparentemente, podía destruir su vida.
Me llamo Mariana Torres. Tenía treinta y cuatro años cuando ocurrió todo aquello. Hasta ese momento, me consideraba una mujer afortunada. Llevaba seis años casada con Ricardo, vivíamos en una casa que habíamos comprado con mucho esfuerzo y, aunque no teníamos hijos, habíamos construido una vida que yo creía sólida.
Ricardo trabajaba como asesor financiero. Era inteligente, atento y sabía exactamente qué decir cuando yo tenía
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