
PARTE 2
Aquella madrugada Andrés regresó a las cuatro y media.
Yo había preparado su maleta y le había pedido a don Alejandro que estuviera presente. No quería discutir sobre una grabación ni contar versiones diferentes después.
Andrés entró oliendo a alcohol y a un perfume que no era mío.
Vio la maleta.
Luego me vio a mí.
Y, para mi sorpresa, sonrió.
—Así que ya descubriste a Julieta.
Ni siquiera intentó negarlo.
—Te ahorraste una conversación incómoda —continuó—. La verdad, encontré a alguien que me hace más feliz.
—Entonces llévate tus cosas.
Andrés se encogió de hombros.
—El departamento es tuyo. Quédate aquí con los niños. Yo no voy a tener problemas.
—¿Por qué?
Su expresión cambió.
—Porque en unos meses voy a estar mejor que nunca.
—¿En unos meses?
Entonces lo dijo.
—Mi papá no va a durar mucho. Cuando él falte, la empresa será mía. También su casa y sus cuentas. Así que no te preocupes por mí.
La puerta de la sala se abrió.
Don Alejandro apareció apoyándose en el marco.
—No todo será tuyo, Andrés.
Mi esposo se quedó blanco.
—¿Papá?
—Acabo de escuchar cómo estás esperando mi muerte.
Andrés me señaló.
—¡Ella te llenó la cabeza!
—Tú me llenaste los oídos.
Don Alejandro sacó unas copias.
—Cambié mi testamento.
Andrés las leyó de pie.
Pasó una hoja.
Luego otra.
—¿Qué es esto?
—Mi voluntad.
—¡La empresa se la dejaste a Elena!
—La participación mayoritaria.
—¿Y a mí?
Don Alejandro sostuvo su mirada.
—Nada.
Nunca olvidaré el silencio que siguió.
Andrés parecía incapaz de respirar.
—Soy tu único hijo.
—Precisamente por eso me avergüenza más escucharte contando los meses que me quedan.
Andrés empezó a gritar que yo había aprovechado la enfermedad de su padre, que había invadido su privacidad, que quería robarle lo que le correspondía.
Entonces Daniela apareció en el pasillo.
—¿Papá se va?
Todos nos callamos.
Mi hija miró la maleta.
—¿Por eso ya nunca estás aquí?
Andrés no supo qué contestar.
Don Alejandro habló en voz baja:
—Mira bien, hijo. Eso que está ahí es tu familia. No mis acciones.
Andrés tomó su maleta y se fue.
Pensé que correría directamente con Julieta.
Lo hizo.
Pero la bienvenida no fue la que esperaba.
Cuando le contó que había sido eliminado del testamento, ella preguntó de inmediato:
—¿No puedes impugnarlo?
—Mi papá está vivo.
—Pero está enfermo. Puedes decir que Elena lo manipuló.
Andrés la miró sorprendido.
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