Después le dijo que necesitaba quedarse unos días en su departamento.

Julieta se negó.

—Tú me prometiste otra vida. No vivir juntos en un departamento de una recámara mientras peleas con tu esposa, tu papá y tus abogados.

Aquella misma tarde terminó la gran historia de amor por la que había destruido nuestro matrimonio.

Andrés acabó en un hotel.

Yo inicié el divorcio.

Él pidió tiempo para “reconciliarnos”, pero en privado me ofreció un trato.

—Renuncia a lo que mi papá te dejó y yo no peleo por el departamento.

Me reí.

—El departamento lo heredé de mi tía antes de casarnos. No puedes usarlo como moneda de cambio.

Entonces comenzó otra batalla.

Andrés visitaba abogados.

Preguntaba a Daniela cuántas veces íbamos a casa de su abuelo.

Quería saber qué medicamentos tomaba don Alejandro, quién lo acompañaba y qué documentos firmaba.

Mientras tanto, su padre empeoraba.

Yo empecé a ayudarlo con recetas, citas y comida. No porque esperara una herencia, sino porque había sido mi familia durante dieciséis años.

Una tarde encontré a don Alejandro tirado junto a la cocina.

Llamé a una ambulancia.

Andrés no contestó mis tres llamadas.

Llegó al hospital hasta el día siguiente.

No preguntó primero por el diagnóstico.

Preguntó:

—¿Firmó algo mientras estuvo aquí?

Fue la primera vez que vi a don Alejandro llorar.

No frente a su hijo.

Después.

—Yo todavía esperaba haberme equivocado con él —me confesó.

Tres meses más tarde, los médicos nos dijeron que ya no había tratamiento que pudiera detener la enfermedad.

Andrés acudió esa noche.

Se sentó junto a su padre.

—Papá, podemos arreglar esto.

—Con tus hijos todavía puedes —respondió don Alejandro—. Conmigo quizá ya no.

—Yo te quiero.

—Pero quisiste más lo que ibas a recibir de mí.

A la mañana siguiente, don Alejandro murió.

Durante el funeral Andrés permaneció callado.

Pensé que finalmente había entendido.

Me equivoqué.

Cuando apenas se habían retirado los últimos familiares, se acercó mientras yo seguía junto a la tumba.

—No creas que la empresa ya es tuya.

Lo miré.

—¿Qué estás diciendo?

—Voy a impugnar el testamento. Voy a demostrar que manipulaste a mi papá.

Miré las flores frescas sobre la tierra.

Su padre llevaba enterrado menos de una hora.

Y Andrés ya había comenzado la guerra que don Alejandro se había preparado para enfrentar incluso después de muerto.

Pero ninguno de los dos sabía que el notario guardaba una pieza de evidencia que podía cambiarlo absolutamente todo.

PARTE 3

La demanda llegó diez días después.

Andrés afirmaba que su padre, debilitado por el cáncer y los medicamentos, no se encontraba en condiciones de comprender completamente lo que estaba firmando.

Y me señalaba directamente.

Según él, yo había aprovechado la enfermedad de don Alejandro para aislarlo, ganarme su confianza y quedarme con su patrimonio.

Leer aquello fue doloroso.

No porque temiera perder el dinero.

Sino porque cada tarde en que había preparado una sopa, cada receta que recogí, cada noche de hospital y cada conversación con un hombre que sabía que estaba muriendo aparecían ahora descritas como parte de un plan.

Mi abogada me preguntó:

—¿Quieres negociar?

—¿Qué propone?

—Andrés quiere recuperar la empresa y la casa. Dice que podría permitir que los niños conserven parte de las cuentas.

Me quedé mirándola.

—Está negociando con cosas que nunca fueron suyas.

—Exactamente.

—Entonces no.

Don Alejandro había previsto aquel escenario.

Antes de cambiar el testamento había acudido con su oncólogo. Su expediente establecía que, aunque su enfermedad era grave, se encontraba orientado, lúcido y capaz de tomar decisiones.

El notario, Ricardo Villaseñor, había hablado con él a solas durante casi una hora.

No permitió que yo estuviera presente.

Ni siquiera su abogada entró durante la parte principal de la entrevista.

Además, don Alejandro había dejado una declaración escrita explicando el motivo de su decisión.

No mencionaba mi matrimonio roto como razón principal.

Hablaba de confianza.

De continuidad de la empresa.

Y de su temor de que Andrés confundiera ser hijo del fundador con ser dueño de todo.

En el juicio, Andrés intentó probar que yo había aislado a su padre.

El problema fue que aparecieron demasiadas personas diciendo lo contrario.

El director de operaciones explicó que don Alejandro continuó participando en reuniones empresariales incluso después de modificar el testamento.

Su oncólogo confirmó que aquel día podía entender perfectamente las consecuencias legales de sus decisiones.

El notario fue todavía más claro.

—El señor Alejandro Mendoza me explicó personalmente qué bienes tenía, quiénes eran sus familiares y por qué deseaba modificar su testamento. Le pregunté varias veces si alguien lo estaba presionando. Respondió que no.

El abogado de Andrés insistió:

—¿Sabía usted que su nuera lo visitaba frecuentemente?

—Sí.

—¿Eso no pudo influir?

El notario lo miró.

—Todos somos influenciados por nuestras experiencias. Mi trabajo era determinar si su voluntad era libre y consciente. Lo era.

Después apareció la declaración que don Alejandro había preparado.

Andrés no la conocía.

El juez autorizó su incorporación.

Una parte decía:

“Mi hijo no queda excluido porque haya terminado su matrimonio. Lo excluyo porque expresó, mientras yo aún vivía, expectativas económicas vinculadas con mi muerte y porque dejó de mostrar interés real en mi salud mientras aumentaba su interés en mi patrimonio.”

Vi a Andrés bajar la mirada.

Aun así, no se rindió.

Presentó mensajes míos con la abogada de su padre.

Quería demostrar que habíamos planeado todo.

Pero las fechas mostraron algo distinto.

Casi todos eran posteriores al nuevo testamento.

En ellos hablábamos de medicamentos, hospitalizaciones, trámites empresariales y cómo evitar que la compañía quedara paralizada si don Alejandro empeoraba.

Hasta el propio abogado de Andrés terminó diciéndole fuera de la sala:

—No puedo fabricar pruebas que no existen.

El juez mantuvo la validez del testamento.

Andrés apeló.

También perdió.

Seis meses después de la muerte de don Alejandro recibí oficialmente las acciones que me correspondían. Daniela y Mateo recibieron las suyas bajo las protecciones legales correspondientes.

También se formalizó la transmisión de la casa de campo.

Y ahí apareció otro problema.

Andrés llevaba meses viviendo en ella.

Se había instalado después del funeral.

Incluso había cambiado las cerraduras.

La primera vez que fui por documentos y mi llave no entró, llamé al timbre.

Él abrió.

—¿Qué haces aquí?

—Vivo aquí.

—Esta casa forma parte de la sucesión.

—Era de mi papá.

—Precisamente. Era de él.

Andrés sonrió.

—Cuando ganes todos tus juicios vienes a presumirme tus papeles.

No discutí.

Esperé.

Cuando finalmente quedó registrada a mi nombre, le enviamos una solicitud formal para que desocupara la propiedad.

Su respuesta fue de dos palabras:

“Ni sueñes.”

Podría haber ido a pelear.

No lo hice.

Presentamos otra demanda.

Mientras ese proceso avanzaba, la situación en la empresa se volvió insostenible.

Andrés seguía siendo director general porque don Alejandro nunca quiso usar la compañía para castigarlo durante su vida.

Yo había prometido respetar ese principio.

Pero ser propietario y permitir una mala administración son cosas diferentes.

Después de la muerte de su padre, Andrés empezó a actuar como un hombre acorralado.

Gritaba a los gerentes.

Detenía contratos por orgullo.

Insistía en anticipos enormes a proveedores nuevos.

En una operación quiso adelantar casi todo el valor de un contrato a una empresa constituida apenas meses antes y sin garantías suficientes.
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