
Las puertas de la sala del juzgado se abrieron con un golpe seco que resonó hasta el último rincón.
El murmullo de la audiencia se cortó al instante. Todos los presentes voltearon a ver hacia la entrada. Tres mujeres impecablemente vestidas cruzaron el umbral, caminando con paso firme, hombro con hombro. No necesitaban decir una sola palabra para imponer respeto en la sala; en sus miradas había una determinación que no admitía dudas.
Iban directo hacia la mesa de la defensa, donde estaba sentado Don Chema, un hombre de setenta años con las manos llenas de callos por décadas de trabajo pesado, encorvado por la angustia y con el corazón destrozado al verse tratado como un delincuente.
El anciano levantó la vista despacio, incrédulo. Los ojos se le llenaron de lágrimas de inmediato.
—¿Sofía…? —apenas pudo articular, con la voz quebrada.
La mujer del centro, de traje sastre oscuro y porte sereno, le dedicó una sonrisa llena de ternura:
—Aquí estamos, papá. Ya no estás solo.
Valeria, a su derecha, le tomó con fuerza las manos temblorosas. Lucía se arrodilló frente a él, mirándolo fijamente a los ojos:
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