
Durante varios segundos contemplé el último mensaje de Dante.
Diez minutos.
Ocho años de amor, tres años de silencio y un hijo que había aprendido a decir «papá» mirando fotografías de otros niños con sus padres.
¿De verdad creía que diez minutos podían arreglarlo?
—Elena —murmuró Mia desde el asiento delantero—. ¿Qué vas a hacer?
Miré a Leo, que dormía abrazado a su dinosaurio.
—Voy a escucharlo.
Mia se volvió sorprendida.
—¿Estás segura?
—No voy a llevar a Leo. Y será en un lugar público.
Una hora después entré en una cafetería del centro de Chicago.
Dante ya estaba allí.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía un hombre que no había dormido en días.
Se levantó inmediatamente.
—Elena…
—Tienes diez minutos.
Su mirada descendió hacia mis manos.
—¿Leo está bien?
—Está perfectamente.
Dante cerró los ojos, aliviado.
Después señaló la silla.
—Por favor.
Me senté.
Él permaneció de pie unos segundos antes de hacerlo.
—Mi matrimonio con Victoria nunca fue lo que parecía.
Solté una risa amarga.
—Vi cómo la besabas frente al altar.
—Lo sé.
—Vi cómo le prometías fidelidad.
—Lo sé.
—Entonces no insultes mi inteligencia.
Dante bajó la cabeza.
—Tu padre me obligó a casarme con ella.
Sentí que el corazón se me detenía.
—Mi padre murió hace cuatro años.
—Y antes de morir dejó una deuda que amenazaba con destruir a toda tu familia.
Lo miré incrédula.
—¿Qué deuda?
Dante sacó una carpeta.
Dentro había documentos bancarios, fotografías y un contrato firmado por mi padre.
—Tu padre debía cuarenta millones de dólares a una organización vinculada a los Moretti.
Me quedé sin respiración.
—Eso es imposible.
—Victoria lo sabía. Tú no.
Pasé las páginas con manos temblorosas.
Dante continuó:
—Cuando intenté cancelar la deuda, Victoria descubrió los documentos. Me ofreció un trato.
—¿Qué trato?
Su voz descendió.
—Casarme con ella a cambio de mantenerte fuera del conflicto.
Sentí una rabia insoportable.
—¿Y simplemente aceptaste?
—Había amenazas contra ti.
Golpeé la mesa.
—¡Podrías habérmelo dicho!
Dante cerró los ojos.
—Tu padre me hizo prometer que nunca te involucraría.
Me levanté inmediatamente.
—Se acabaron tus diez minutos.
Dante también se levantó.
—Elena, espera.
—Durante ocho años decidiste por mí. Después te casaste con mi hermana y volviste a decidir por mí. ¡No vuelvas a hacerlo!
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Nunca dejé de amarte.
Aquellas palabras me dolieron más que cualquier explicación.
—Entonces debiste amarme lo suficiente para decirme la verdad.
Salí sin mirar atrás.
Pero aquella noche ocurrió algo inesperado.
Mia recibió una llamada.
Cuando colgó, tenía el rostro pálido.
—Elena, necesitamos hablar.
—¿Qué ocurre?
—Victoria sabe que regresaste.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo?
Mia tragó saliva.
—Publicó una fotografía de Leo entrando en nuestro hotel.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
Mia me mostró su teléfono.
La imagen era clara.
Mi hijo caminaba de mi mano.
Debajo, Victoria había escrito:
«Algunas mujeres regresan después de tres años creyendo que pueden destruir matrimonios felices».
Sentí que la sangre me hervía.
Pero entonces llegó otro mensaje.
Esta vez directamente a mi teléfono.
Era Victoria.
«Querida hermanita, siempre supe que algún día regresarías con el pequeño secreto de Dante».
Me quedé helada.
¿Cómo podía saberlo?
Antes de que pudiera responder, apareció otra fotografía.
Era una imagen de mi habitación de hospital en Suiza.
Tomada el día que nació Leo.
Sentí que las piernas me fallaban.
«¿De verdad creíste que no sabía cuándo nació mi sobrino?»
Llamé inmediatamente a Dante.
Contestó al primer tono.
—Elena.
—Tu esposa sabe lo de Leo.
Hubo un silencio.
—¿Qué?
—Tiene fotografías de su nacimiento.
Escuché cómo Dante se levantaba bruscamente.
—¿Dónde estás?
—En el hotel.
—No salgas de allí.
—Dante…
Su voz cambió.
—Elena, escúchame. Victoria nunca debió enterarse de que Leo existía.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque nuestro matrimonio incluye una cláusula que nunca te mostré.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué cláusula?
Dante respiró profundamente.
—Si tengo un heredero biológico fuera de mi matrimonio con Victoria, ella puede reclamar el control temporal de una parte de mis bienes hasta que se resuelva su sucesión.
El silencio fue absoluto.
—¿Y qué tiene que ver eso con Leo?
—Que Victoria lleva tres años intentando quedarse con mi organización.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
—¿Me estás diciendo que podría utilizar a mi hijo?
—Sí.
Apreté el teléfono.
—Entonces voy a sacarlo de Chicago esta misma noche.
—Elena, espera…
Colgué.
Pero cuando entré en la habitación de Leo, encontré algo que me dejó paralizada.
Su dinosaurio estaba sobre la cama.
Continúa en la página siguiente