Su pequeña chaqueta también.

Pero mi hijo no estaba.

—¿Leo?

Revisé el baño.

Vacío.

Corrí hacia el pasillo.

—¡LEO!

Mia apareció detrás de mí.

—¿Qué pasa?

—¡No está!

La recepcionista confirmó que una mujer había salido minutos antes con un niño pequeño.

Le había mostrado una autorización aparentemente firmada por mí.

Sentí que el mundo se derrumbaba.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Victoria.

Contesté gritando.

—¡¿DÓNDE ESTÁ MI HIJO?!

Su risa atravesó el auricular.

—Tranquila, Elena. Leo está con su familia.

—¡Si le haces daño…!

—No seas dramática. Solo quiero lo que me corresponde.

—¡Leo no te pertenece!

Victoria guardó silencio.

Después dijo algo que me dejó sin respiración.

—Tienes razón. Pero tampoco le pertenece completamente a Dante.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

—Pregúntale por qué tu padre insistió tanto en que jamás se casara contigo.

La llamada terminó.

Segundos después, Dante apareció en el hotel acompañado de dos hombres.

Cuando vio mi rostro, comprendió inmediatamente.

—¿Dónde está Leo?

Comencé a llorar.

—Victoria se lo llevó.

Por primera vez vi al hombre más temido de Chicago perder completamente la compostura.

Sacó su teléfono.

—Encuentren a Victoria. Ahora.

Pero entonces Mia, que había estado revisando los documentos que Dante dejó en la cafetería, levantó lentamente la cabeza.

—Elena…

La miré.

—¿Qué?

Su rostro estaba completamente blanco.

—Hay algo en el contrato de tu padre.

Dante se quedó inmóvil.

Mia señaló una cláusula escrita en letra diminuta.

—Aquí dice que el matrimonio entre Dante y Victoria debía celebrarse antes de que naciera cualquier descendiente de Elena Carter.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Por qué?

Dante cerró los ojos.

—Elena…

—¡Dime la verdad!

Su voz salió rota.

—Porque tu padre dejó una herencia secreta.

Lo miré sin comprender.

—¿Qué herencia?

Dante tragó saliva.

—Un fideicomiso de doscientos millones de dólares.

El silencio llenó la habitación.

—¿Y qué tiene que ver con mi hijo?

Dante me miró con una expresión que jamás olvidaré.

—Leo es el único beneficiario vivo.

Sentí que las piernas me fallaban.

Pero Mia todavía no había terminado de leer.

—Elena, hay otra condición.

—¿Cuál?

Mi amiga levantó lentamente la mirada.

—Si Leo desaparece o muere antes de cumplir cinco años, toda la fortuna pasa a Victoria Carter.

Me quedé paralizada.

Entonces comprendí que mi hermana no había robado solamente al hombre que amaba.

Había estado esperando durante tres años el nacimiento de un heredero al que ahora necesitaba eliminar.

Y mientras Dante ordenaba cerrar todas las salidas de Chicago, recibí un último mensaje.

Una fotografía de Leo dormido.

Debajo aparecían seis palabras.

«Tu hijo no llegará a mañana».

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
Continúa en la página siguiente

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