
—Hay algo detrás de su cuello, señor.
La voz era tan pequeña que apenas consiguió elevarse por encima del sonido de la lluvia golpeando los enormes ventanales de la biblioteca.
Dante Moretti no respondió.
Estaba profundamente dormido en su sofá de cuero.
A unos pasos de él, una niña de cinco años observaba una pequeña protuberancia en la parte posterior de su cuello.
Tenía forma ovalada, parecía dura y reflejaba débilmente la luz de una lámpara.
La niña estaba convencida de que no era una cicatriz.
Parecía un pequeño insecto de metal.
Y lo que estaba a punto de hacer provocaría una reacción que nadie en aquella mansión esperaba.
Durante tres años, Dante Moretti había vivido convencido de que todos sus problemas de salud eran consecuencia de una explosión.
Los dolores de cabeza aparecían sin previo aviso.
Había momentos en los que su memoria dejaba de ofrecerle respuestas.
En otras ocasiones sentía una confusión tan intensa que incluso las decisiones más sencillas podían exigirle un esfuerzo inesperado.
Aquello resultaba especialmente difícil para un hombre como él.
Dante estaba acostumbrado a dirigir su organización, a reconocer cualquier señal de peligro y a mantener un control riguroso sobre su entorno.
Su autoridad no dependía únicamente del miedo que inspiraba.
También dependía de su capacidad para recordar, anticiparse y tomar decisiones.
Pero desde el atentado había comenzado a perder parte de aquella seguridad.
Algunos días despertaba sintiéndose perfectamente capaz de ocuparse de sus asuntos.
Otros necesitaba retirarse, cerrar los ojos y soportar el dolor hasta que disminuyera.
Había aprendido a vivir con la incertidumbre.
Aunque jamás habría admitido ante sus hombres cuánto le preocupaba.
La explosión había ocurrido tres años antes.
Uno de sus automóviles quedó destrozado.
Dante sobrevivió, pero sufrió heridas importantes.
Los cirujanos retiraron fragmentos de cristal y metal de su hombro, de la parte superior de su espalda y del cuero cabelludo.
Sin embargo, según la explicación que recibió, uno de los fragmentos permaneció cerca de la columna cervical.
Extraerlo representaba un riesgo mayor que dejarlo donde estaba.
Esa había sido la explicación aceptada desde entonces.
También era el motivo por el que nadie debía tocar la parte posterior de su cuello.
En la mansión Moretti, aquella norma se cumplía sin discusión.
No importaba cuánto tiempo llevara trabajando una persona en la propiedad.
Nadie debía acercar las manos a aquella zona.
Ni siquiera accidentalmente.
Dante no soportaba que alguien la tocara.
Y el personal sabía que provocar una reacción de dolor podía tener consecuencias desagradables.
Quien mejor conocía aquellas restricciones era Victor Hale.
Victor llevaba tantos años junto a la familia Moretti que muchas personas habían llegado a considerar su presencia algo tan permanente como las propias paredes de la mansión.
Conocía los protocolos de seguridad.
Sabía qué médicos atendían a Dante.
Se ocupaba de las citas privadas.
Estaba familiarizado con las instrucciones relacionadas con sus heridas y sus episodios de confusión.
Cuando surgían preguntas sobre su recuperación, Victor solía tener una respuesta.
La explosión había dejado secuelas.
El fragmento seguía alojado cerca de la columna.
Los dolores de cabeza eran una consecuencia que Dante debía aprender a soportar.
Durante tres años, aquellas explicaciones se repitieron tantas veces que terminaron formando parte de la vida cotidiana de la casa.
Los empleados nuevos las aprendían rápidamente.
Los antiguos apenas necesitaban recordarlas.
Y Dante, que antes había confiado principalmente en su propio criterio, se acostumbró a depender cada vez más de la información que recibía de las personas cercanas.
Entre ellas estaba Victor.
Pero no era el único.
Isabella Romano también formaba parte de su círculo más íntimo.
Era la mujer con la que Dante tenía previsto casarse dentro de siete semanas.
Conocía sus dolores de cabeza.
Sabía que algunas tardes necesitaba quedarse completamente solo.
Y había aprendido a respetar aquellos períodos de descanso.
Los llamaba sus «malas tardes».
Dante solía retirarse a la biblioteca entre las tres y las cinco.
Durante esas horas, los empleados tenían órdenes de no entrar salvo que fueran llamados.
Los guardias debían mantener despejado el pasillo.
El objetivo era evitar interrupciones.
A nadie le parecía extraño.
La biblioteca se había convertido en el lugar donde Dante podía apartarse del movimiento de la mansión cuando su cabeza comenzaba a dolerle.
Allí encontraba silencio.
Un sofá cómodo.
Sus libros.
Y cierta distancia de las personas que continuamente necesitaban hablar con él.
Pero aquella tarde hubo una excepción.
Se llamaba Sophie Miller.
Tenía cinco años.
Y todavía no comprendía completamente lo que significaba vivir bajo las normas de un hombre temido por tantas personas.
Su madre, Anna, trabajaba como empleada doméstica en la mansión.
Llevaba apenas tres meses allí.
Había llegado con la intención de cumplir correctamente sus responsabilidades y evitar cualquier problema.
Desde el principio entendió que aquella no era una casa común.
Existían instrucciones precisas.
Había espacios donde no debía entrar sin permiso.
Y había situaciones en las que lo más prudente era limitarse a realizar su trabajo sin hacer preguntas.
Anna procuraba obedecer.
También intentaba enseñar a Sophie que debía comportarse con cuidado.
Pero su hija era curiosa.
Como muchos niños de su edad, podía concentrarse intensamente en algo que le llamara la atención y olvidar por completo las advertencias de los adultos.
Aquella tarde acompañaba a su madre mientras Anna limpiaba los estantes de la biblioteca.
Sophie llevaba un vestido tipo uniforme de color azul marino y calcetines blancos.
Había estado entretenida con un libro para colorear.
Durante un rato permaneció sobre la alfombra, ocupada con sus dibujos.
Anna trabajaba al otro lado de la habitación.
El sonido de la lluvia llenaba los espacios entre los pequeños ruidos de la limpieza.
Dante descansaba sobre el sofá de cuero.
Su cabeza estaba inclinada hacia un lado, apoyada contra un cojín de terciopelo.
Un libro de cuentas encuadernado en cuero descansaba boca abajo sobre su pecho.
El cabello oscuro le caía cerca del cuello de la camisa.
A simple vista parecía profundamente dormido.
Sophie levantó la cabeza de su libro.
Miró hacia el sofá.
Al principio no ocurrió nada especial.
Solo observó al hombre que dormía.
Pero entonces descubrió algo que le llamó la atención.
Justo donde terminaba el cabello de Dante, en la zona donde el cuello se encontraba con el cráneo, había una pequeña forma elevada.
Sophie dejó su libro sobre la alfombra.
Se acercó un poco más.
La protuberancia no parecía un lunar común.
No era redonda.
Tampoco tenía el aspecto liso de una cicatriz.
Su contorno era ovalado.
La niña inclinó la cabeza para observarla desde otro ángulo.
La luz de la lámpara tocó brevemente aquella zona.
Por un instante, Sophie creyó ver un reflejo plateado.
Aquello hizo que se acercara todavía más.
No sabía nada del atentado ocurrido tres años antes.
Tampoco conocía los detalles de las intervenciones médicas.
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