
No había escuchado todas las conversaciones en las que Victor Hale explicaba las secuelas que sufría Dante.
Para ella solo existía un hecho.
Había algo extraño debajo de su piel.
Algo que no se parecía a las pequeñas marcas que había visto en otras personas.
—Hay algo detrás de su cuello, señor —susurró.
Dante no respondió.
Su respiración continuó lenta.
Sophie esperó un instante.
Después volvió a observar la pequeña protuberancia.
La forma ovalada parecía casi esconderse bajo el cabello.
Había algo en sus bordes que a la niña le recordaba las patas diminutas de un insecto.
Se acercó un poco más.
—Tiene un insecto de metal en el cuello.
La frase quedó suspendida entre el golpeteo de la lluvia.
Dante seguía dormido.
Sophie miró hacia su madre.
Anna estaba ocupada limpiando los estantes.
No parecía haber escuchado nada.
La niña volvió a concentrarse en la nuca del hombre.
Quería saber si aquella forma era realmente tan dura como parecía.
Levantó un dedo.
Lo acercó lentamente.
Y tocó la zona elevada.
El contacto fue breve.
Pero bastó.
Al otro lado de la biblioteca, Anna se volvió.
Vio a su hija junto al sofá.
Vio el brazo extendido.
Y comprendió inmediatamente qué estaba haciendo.
El paño que tenía en la mano cayó al suelo.
—Sophie.
La niña volvió el rostro.
Anna comenzó a caminar rápidamente hacia ella.
No gritó.
Sabía que Dante estaba dormido y no quería despertarlo.
Pero el miedo aparecía claramente en su expresión.
—¿Qué estás haciendo?
Sophie la observó con tranquilidad.
—Encontré algo.
Anna llegó hasta ella.
—Ven aquí.
Le tomó suavemente la muñeca e intentó apartarla del sofá.
Pero Sophie frunció el ceño.
No entendía por qué su madre parecía tan preocupada.
Ella no había querido hacer daño.
Simplemente había descubierto algo extraño.
—Mamá, mira.
—No.
Anna intentó conducirla hacia el otro lado de la habitación.
—Tiene patitas.
Aquellas palabras la detuvieron.
—¿Qué?
Sophie señaló discretamente hacia Dante.
—El insecto.
Anna sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
Durante sus tres meses trabajando en la mansión, había aprendido lo suficiente para comprender el riesgo de aquella situación.
Nadie debía tocar la parte posterior del cuello del señor Moretti.
Era una norma que se repetía constantemente.
Y ahora su hija acababa de hacerlo.
Pero lo que realmente la inquietó fue la insistencia de Sophie.
La niña no parecía estar inventando una historia para llamar la atención.
Tenía la expresión concentrada de alguien que intenta describir algo que no comprende.
Anna se inclinó hacia ella.
Sophie acercó la boca a su oído.
Susurró las siguientes palabras casi sin voz.
—Me estaba mirando.
Anna quedó inmóvil.
Durante un instante no supo qué responder.
Miró hacia Dante.
Seguía respirando lentamente.
Su cabeza permanecía apoyada sobre el cojín.
El libro de cuentas continuaba sobre su pecho.
La lluvia deslizaba pequeñas líneas irregulares por los cristales de los ventanales.
Todo parecía exactamente igual que unos minutos antes.
Y, sin embargo, Anna sintió que la habitación había cambiado.
Intentó recordar lo que sabía de la herida.
Tres años atrás había ocurrido una explosión.
Los cirujanos habían retirado varios fragmentos.
Uno había quedado cerca de la columna porque extraerlo resultaba demasiado peligroso.
Eso era lo que Victor Hale había explicado.
Un fragmento.
Una herida.
Una cicatriz.
Nada más.
Pero Sophie acababa de describir una forma ovalada con pequeñas patas.
Y había dicho que parecía estar mirándola.
Anna sabía que su hija tenía una imaginación muy activa.
Era natural que una niña de cinco años comparara cualquier objeto extraño con algo que conociera.
Podría haberlo llamado insecto porque no sabía encontrar otra palabra.
Sin embargo, algo en su tono la inquietó.
No parecía asustada.
Parecía convencida.
Anna volvió a mirar la nuca de Dante.
Desde donde estaba no podía distinguir con precisión lo que Sophie decía haber visto.
El cabello oscurecía parte de aquella zona.
La posición de la cabeza tampoco ayudaba.
No se atrevió a acercarse más.
Ya habían quebrantado una norma importante.
No quería empeorar la situación.
Se agachó y levantó a Sophie en brazos.
—Ni una palabra más.
La niña abrió la boca para protestar.
—Pero, mamá…
—Ni una palabra más.
Anna habló en voz baja.
Su intención no era castigar a Sophie.
Quería impedir que pronunciara algo que pudiera despertar al hombre dormido.
Sabía que Dante había sufrido dolores terribles.
También sabía que reaccionaba mal cuando alguien tocaba aquella parte de su cuerpo.
No quería que su hija fuera la causa de un nuevo episodio.
Y mucho menos quería tener que explicarle por qué una niña de cinco años había estado examinando una herida que nadie debía tocar.
Se volvió hacia la puerta.
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