
—Yo soy el director del área, señor Mendoza. Y le tengo una noticia: su cuerpo está fallando rápido. Su única salvación es un donante vivo con un perfil genético casi idéntico al suyo, una variante rarísima en el país que suele heredarse de forma recesiva. Curiosamente, hace media hora me hice la prueba de compatibilidad… y soy noventa y nueve punto nueve por ciento compatible con usted.
Roberto abrió los ojos con asombro y esperanza.
—¿De verdad? ¡Dios mío! ¡Dígame cuánto dinero quiere! ¡Le pago lo que sea por ese riñón! —suplicó Roberto, agarrándole la bata a mi hijo.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió. Entramos yo y mis otros cuatro hijos: Lucas, Gabriel, Sofía y Valeria.
Roberto me miró a mí primero. A pesar de mis canas, me reconoció al instante. El color se le fue del rostro y el monitor cardíaco empezó a pitar más rápido. Luego miró a los cinco jóvenes idénticos, altos, elegantes y exitosos que estaban parados alrededor de su cama.
—¿Elena…? —susurró Roberto, temblando de pies a cabeza—. ¿Qué haces tú aquí? ¿Quiénes son ellos?
Me acerqué a la orilla de su cama, sin rencor, pero con la dignidad intacta que me costó treinta años de lágrimas construir.
—Son los cinco hijos que abandonaste en una cuna en 1995 porque te dio vergüenza el color de su piel, Roberto —le dije con voz firme—. El doctor al que acabas de insultar y que tiene el único riñón compatible para salvarte la vida es tu hijo Mateo. Y los empresarios a los que les llevas rogando un mes para que salven tu constructora de la ruina son tus hijos Lucas y Gabriel.
Sofía, mi hija abogada, abrió su maletín y sacó un sobre sellado por un laboratorio genético internacional junto con un árbol genealógico certificado.
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