
—¡Vuelvan a cavar la tumba… inmediatamente! —gritó Julián, hundiendo sus propias manos desnudas en el lodo helado—. ¡Agarren las palas, por el amor de Dios, ayúdenme a sacarlo!
—¡Julián, compadre, cálmate por favor! —le suplicó el sacerdote, intentando tomarlo por los hombros—. ¡El dolor te está haciendo perder la cabeza! ¡Mateo ya descansa en paz, no puedes hacer esto!
—¡No estoy loco, padre! —gritó Julián con la voz quebrada, mientras lanzaba puñados de tierra hacia los lados—. ¡Mire a la loba! ¡Es Ceniza! ¡Es la loba de la que Mateo me hablaba siempre!
Un murmullo de asombro recorrió a todos los presentes. Meses atrás, Mateo había llegado a casa contando que había curado a un cachorro de lobo que había caído en una trampa oxidada de cazadores cerca del arroyo. Nadie le había creído; todos pensaron que era un perro callejero o pura imaginación de niño. Pero Julián recordaba perfectamente cómo su hijo describía a la madre de aquel cachorro: una loba gigante con una estrella blanca en el pecho.
—¡Cuando encontramos a Mateo en la barranca —continuó Julián sin dejar de cavar, con las lágrimas mezclándose con el barro de su cara—, tenía el cuerpo helado, pero no tenía ni un solo rasguño y su chamarra olía a pelo de animal! ¡Ellos lo estuvieron cuidando en la tormenta! ¡Y los lobos no escarban para desenterrar muertos… tienen el oído más fino del monte! ¡Si ella está cavando así, es porque escucha algo ahí abajo!
Esas palabras cayeron como una descarga eléctrica sobre los hombres del pueblo. Nadie dijo una palabra más. Dos de los sepultureros y cuatro vecinos agarraron las palas y se metieron al hoyo junto a Julián.
El ambiente se volvió de una tensión insoportable. Solo se escuchaba el golpe metálico de las palas entrando en la tierra, el jadeo de los hombres sudando a pesar del frío glacial, los rezos desesperados de las mujeres y el gemido constante de la loba, que permanecía sentada al borde de la fosa, vigilando cada movimiento sin quitar la vista del fondo.
A medida que bajaban, el lodo se hacía más pesado. Doña Elena se acercó arrastrándose hasta la orilla, sostenida por sus hermanas, con las manos apretadas contra el pecho, sin atreverse a parpadear.
¡Clonc!
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