La pala de Julián golpeó por fin la madera del ataúd blanco.

—¡Ya llegamos! —gritó uno de los vecinos—. ¡Despejen las orillas, rápido!

Con las manos temblorosas y las uñas rotas, Julián y los hombres limpiaron la tierra de la tapa. Ni siquiera esperaron a subir el cajón con las cuerdas. Julián metió la punta de una pala de hierro debajo de la tapa clavada y empujó con todas las fuerzas de su alma. La madera crujió y los clavos cedieron con un chillido metálico.

Cuando levantaron la tapa y la tiraron a un lado, un grito ahogado salió de las gargantas de todos los que asomaban a la fosa.

El forro de tela blanca por dentro de la tapa estaba rasgado. Y Mateo no estaba en la misma posición en la que lo habían colocado en la funeraria; tenía las manitas levantadas cerca del rostro, con las yemas de los dedos manchadas de astillas de madera, y su cabeza estaba girada hacia un lado.

—¡Hijo! ¡Mi niño! —sollozó Julián, sacando el cuerpo del ataúd y subiéndolo a la superficie con ayuda de los demás.

El viejo doctor del pueblo, que había permanecido atrás pálido como un fantasma, se abrió paso a empujones entre la gente y se arrodilló sobre la nieve junto al niño. Le abrió el abrigo, pegó el oído directamente al pecho desnudo del pequeño y pidió silencio absoluto con la mano levantada.

Pasaron cinco segundos. Diez segundos. Nadie respiraba.

De pronto, el médico levantó la cabeza con los ojos llenos de lágrimas y el rostro desencajado por el asombro.

—¡Está vivo! —gritó el doctor con la voz temblorosa—. ¡El latido es débil, casi imperceptible, pero su corazón está latiendo! ¡Fue una catalepsia por hipotermia severa! ¡El frío extremo redujo sus signos vitales al mínimo y el calor dentro de la caja lo hizo reaccionar! ¡Traigan mantas calientes y acerquen mi camioneta ahora mismo!

El cementerio entero estalló en un clamor de llanto, gritos de alegría y oraciones de agradecimiento. Doña Elena cayó de rodillas abrazando a su hijo mientras los hombres se quitaban sus propios abrigos de lana para envolver al pequeño. En medio del alboroto, mientras corrían hacia la salida del panteón para llevarlo de urgencia al hospital de la ciudad, una pequeña tos salió de los labios morados de Mateo, y sus párpados temblaron ligeramente.

Antes de subir a la parte trasera de la camioneta con su esposa y su hijo en brazos, don Julián se detuvo un segundo y miró hacia atrás, hacia la colina cubierta de nieve.

Allí, justo en la línea donde terminaban las tumbas y empezaba la oscuridad de los pinos, estaban los tres lobos. La loba del pecho blanco ya no gemía; estaba de pie, majestuosa bajo los copos de nieve que caían en silencio, mirando fijamente a Julián. El padre, con el corazón en la mano, inclinó la cabeza en una reverencia profunda y silenciosa hacia el animal. La loba le sostuvo la mirada un instante más, dio media vuelta y se perdió con su manada entre la niebla espesa de la sierra, dejando tras de sí solo sus huellas frescas junto a una tumba vacía.

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