
—Me alegra muchísimo que esté bien.
Entonces vio la caja entre mis brazos.
—¿Te estás mudando de oficina?
Bajé la mirada.
—Me despidieron esta mañana.
Su expresión cambió.
—¿Por qué?
Antes de que pudiera responder, Gavin apareció detrás de nosotros.
—Christopher, te dije que recogieras tus cosas y
—Porque esta empresa no tolera la holgazanería ni la falta de compromiso —soltó Gavin con una sonrisita burlona, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón de vestir—. Christopher pensó que podía llegar con dos horas de retraso el día de la presentación más importante del trimestre e inventar la típica excusa barata de que estaba “ayudando a alguien en la calle”. Aquí premiamos resultados, no cuentos chinos.
Gavin ni siquiera se había fijado con quién estaba hablando. Seguía mirándome a mí con desprecio, señalando la puerta de salida con la barbilla.
—Así que hazme el favor de despejar el lobby, Christopher. Ya Recursos Humanos te canceló el gafete.
La mujer soltó suavemente mis manos y se dio la vuelta despacio. Su mirada, que hasta hacía unos segundos estaba llena de gratitud y cariño, se volvió de hielo puro. Se cuadró de hombros y clavó sus ojos oscuros directamente en Gavin.
—¿Cuentos chinos, dijo usted?
A Gavin se le borró la sonrisa de golpe. Dio un paso atrás, como si acabara de ver a un fantasma. El color se le fue por completo de la cara, dejándolo tan blanco como el mármol del piso. Tragó saliva con tanta dificultad que se escuchó el crujido en su garganta.
—S-señora… Señora Villarreal… —balbuceó Gavin, juntando las manos en un gesto de súplica automática—. Disculpe, no… no me di cuenta de que era usted. ¿Qué hace de pie? La junta directiva nos informó que estaba en terapia intensiva…
—Estaba —respondió ella con una voz firme y gélida que resonó en todo el vestíbulo—. Y si no me quedé ahí para siempre, fue gracias al muchacho al que usted acaba de llamar holgazán.
Varios empleados que pasaban por el pasillo se detuvieron en seco. Nadie se atrevía a respirar.
—Señora Villarreal, por favor entiéndame —intentó justificarse Gavin, sudando frío y limpiándose la frente con la manga—. Yo no sabía… Él llegó sin presentar el informe a tiempo ante los inversionistas extranjeros. Yo solo apliqué el reglamento interno de la compañía para proteger los intereses de…
—¿Proteger los intereses de quién, Gavin? —lo interrumpió ella, dando un paso al frente que hizo que el gerente retrocediera otro—. ¿De la empresa que fundé con mi difunto esposo hace treinta años? ¿Me está diciendo que el reglamento de mi propia empresa castiga a un ser humano por salvarle la vida a una anciana que se estaba muriendo al volante en plena tormenta?
Gavin abrió la boca, pero no le salieron palabras. Parecía un pez fuera del agua.
—Él no solo llamó a la ambulancia —continuó la señora Villarreal, volteando a verme con una sonrisa cálida antes de fulminar de nuevo a Gavin—. Se quitó su propio saco para cubrirme mientras llovía a cántaros. Me sostuvo la mano durante cuarenta minutos hablándome para que no perdiera el conocimiento, hasta que llegaron los paramédicos. Supo en todo momento que se le hacía tarde para su trabajo y aún así no me dejó sola. Eso no se llama negligencia, Gavin. Eso se llama tener valores, decencia y carácter. Cosas de las que usted claramente carece.
La mujer se acercó a mí, me quitó la caja de cartón de los brazos con total calma y se la entregó a Gavin, empujándosela contra el pecho.
—Sostenga esto —le ordenó con autoridad tajante.
Gavin, temblando, abrazó la caja como un niño regañado.
—Christopher —me dijo la señora Villarreal, tomándome del brazo con delicadeza pero con absoluta seguridad—. Esa junta con los inversionistas se pospuso para hoy a las dos de la tarde por mi ausencia. Y resulta que me hace falta alguien a mi lado con la ética y el temple suficiente para dirigir el departamento de operaciones.
Miró de reojo a Gavin, que parecía estar a punto de desmayarse del pánico.
—Gavin, asegúrate de dejar la oficina principal impecable antes del mediodía. Llévale la caja de Christopher a su nuevo escritorio y luego pasa a Recursos Humanos por tu liquidación. Esta empresa premia resultados, ¿no es así? Pues tu resultado de hoy es que estás despedido.
—Por favor, señora Villarreal, tengo una familia que mantener, fue un malentendido… —suplicó el hombre con la voz completamente rota.
— Christopher también tiene cuentas que pagar y no lo pensó dos veces para poner una vida por encima de su propio pellejo —sentenció ella sin mirarlo—. Vamos, Christopher. Acompáñame al elevador, que tenemos mucho trabajo por hacer.
Caminé junto a ella mientras las puertas del ascensor ejecutivo se abrían. Antes de entrar, miré hacia atrás por última vez y vi a Gavin parado en medio del lobby, solo, sosteniendo la caja que hace diez minutos marcaba el peor día de mi vida y que ahora se convertía en el comienzo de algo totalmente nuevo.