
El inmenso salón de baile del hotel Plaza, en pleno corazón de Manhattan, resplandecía con millones de destellos. Las lámparas de araña de cristal se reflejaban en el suelo de mármol pulido, y el aire estaba impregnado de perfumes exclusivos, susurros de personalidades influyentes y las notas suaves de un cuarteto de cuerda. Era la velada de los multimillonarios, los políticos y los titanes de la industria. Una noche en la que cada gesto contaba y en la que cada encuentro podía valer una fortuna.
Para Julian Vance, aquella debía
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