
La primera hora de camino fue pura fiesta imaginando el jardín. La suegra ya había decidido arrancar los arbustos decorativos para poner nopales y chiles, y convertir el pasto verde en un huerto de verduras. Tía Tamara, con un poco de pena, se atrevió a decir:
—Oye, Leti, pero cambiarle todo a un regalo ajeno se me hace medio feo, ¿no crees?
—¿Cuál ajeno? —se ofendió la suegra—. Mi hijo manda ahí también. Y si la nuera gana bien, pues para eso es la familia, para compartir.
Al salir de la autopista y tomar la desviación, empezaron los baches. La camioneta raspó dos veces el chasis contra las piedras y las ramas de los huizaches rayaban las puertas. Doña Leticia se agarraba el sombrero aterrada y tía Tamara tuvo que bajar la maceta al piso del coche.
—Sergio, ¿no te habrás perdido? —preguntó la tía—. Aquí no hay ni casas, pura milpa seca.
—Es una entrada trasera, tía. Los fraccionamientos campestres finos siempre los meten lejos de la carretera para que no entre cualquiera.
El navegador marcó vuelta a la derecha por una brecha casi cerrada por la maleza. Sergio avanzó unos metros a vuelta de rueda hasta llegar a un claro frente a un letrero de lámina chueco y despintado. La voz del teléfono anunció con tono mecánico: «Ha llegado a su destino».
No había caseta de vigilancia, ni barda perimetral, ni portón eléctrico. A un costado corría una zanja de agua estancada. Frente a ellos se levantaba una choza de tablas viejas y láminas desvencijadas, sostenida a duras penas por el tronco de un árbol seco.
—¡¿Y dónde está nuestra casa con alberca?! ¡¿A dónde nos trajiste, Sergio?! —gritó la suegra pegando un brinco en el asiento—. ¡Márcale ahorita mismo a Nadia y que nos explique qué broma de mal gusto es esta!
Sergio marcó tres veces. La línea mandaba directo a buzón. Revisó el mapa, le dio zoom a la pantalla satelital y vio que el punto rojo caía exactamente encima de la choza. Al bajar de la camioneta, se topó de frente con el candado nuevo que brillaba en la puerta de madera. Con un nudo amargo en el estómago, sacó la llave de su bolsillo y reconoció el llavero metálico.
La llave abrió
El cerrojo giró suavemente a la primera vuelta. Sergio empujó la tabla de la puerta y se quedó pasmado en la entrada.
Bajo las láminas oxidadas estaba su sillón ergonómico de piel. A los lados se amontonaban sus cajas perfectamente rotuladas: «Ropa», «Herramientas», «Equipo de pesca». Encima de una caja descansaba el portatrajes con su saco fino que había usado para la boda de su compadre, y al fondo, alineadas sobre tarimas secas, estaban sus cuatro llantas deportivas.
Tía Tamara, que se asomó con curiosidad detrás de su sobrino, reconoció de inmediato la maleta verde de viaje y volteó a ver a la suegra con la boca abierta.
—Sergio… pues si son tus cosas —dijo en voz baja—. ¿Nadia te sacó todo de la casa?
Doña Leticia vio el sillón entre la tierra y sacó su teléfono hecha una fiera, exigiendo que pidieran un flete de inmediato. Sergio, en cambio, se quedó tieso, incapaz de articular palabra. En ese instante le vibró el celular con un mensaje largo:
«Sergio: la dirección no tiene ningún error. La casa que viste en las fotos fue comprada para mis papás y las escrituras están a nombre de mi madre. Tú le prometiste a tu mamá las llaves de una casa de campo y me pusiste un ultimátum: o se mudaba ella allá, o nos divorciábamos. Te renté ese predio por un mes completo. Todas tus cosas personales están bajo techo, no se te tiró absolutamente nada y tú tienes la llave del candado. Tengo guardado el contrato y las fotos del inventario. Puedes ir sacando tus pertenencias cuando gustes coordinando con el dueño. Y respecto al divorcio: acepto. La casa de mis padres no vuelve a entrar en ninguna discusión».
—¡Contéstale que es una sinvergüenza! —chillaba doña Leticia histérica—. ¡Que venga por nosotras ahorita mismo y que nos entregue la casa! ¡Es tu esposa, por Dios!
—Mamá… las escrituras están a nombre de su mamá. Yo siempre lo supe —soltó Sergio con la voz rota y la mirada clavada en el suelo.
La señora se quedó muda. Durante todo el camino le había echado la culpa a la nuera, y de repente se enteraba de que su propio hijo le había prometido el cielo sabiendo que no tenía nada en las manos.
—¿O sea que lo sabías y aun así nos hiciste empacar todo?
El viaje de regreso fue un velorio. Tuvieron que volver a subir las macetas apachurradas, los geranios quedaron deshojados entre las maletas y el inflable de la alberca se quedó en la cajuela estorbando. Sergio tuvo que dejar el candado puesto: para mover todo ese mugrero se necesitaba un camión de mudanza, no una cajuela particular. Doña Leticia no volvió a abrir la boca para hablar de sembrar jitomates; iba que echaba lumbre contra la ventanilla.
Al llegar a la ciudad, Sergio no tuvo más remedio que quedarse arrimado en casa de su mamá. Le mandó un último mensaje a su esposa: «Me pasé de la raya, perdóname. Vamos a hablarlo». Nunca tuvo respuesta; su número ya estaba bloqueado.
A esa misma hora, Nadia iba manejando por la carretera con sus papás. Don Fernando pensaba que su hija lo llevaba a echarle la mano a un conocido con la herrería de una banca de jardín.
Cuando la camioneta se detuvo frente a la fachada blanca con ventanales grandes y un jardín arbolado, el señor bajó despacio. Se acomodó la gorra y se quedó contemplando el andador de piedra, las bardas recién pintadas y el manzano frondoso junto a la cerca.
—Qué bonita casa levantaron aquí —comentó con admiración—. Oye, mi hija, ¿y a quién venimos a buscar?
Doña Toña sacó una llave dorada de su bolsa de mano y se la puso en la palma a su esposo.
—A nadie, viejo. Esta es tu casa. Yo firmé los papeles en la notaría desde el invierno y Nadia se encargó de ponerla chula estos meses. Te la íbamos a enseñar para las bodas de oro, pero ya no aguantamos las ganas.
Don Fernando miró la llave con los ojos brillosos, incrédulo, y lo primero que preguntó con una sonrisa de oreja a oreja fue si ahí sí se podía clavar la banca de madera bajo la sombra del árbol.
Mientras el señor caminaba emocionado hacia el patio, la madre tomó suavemente del brazo a Nadia.
—Hija… te noto la mirada cansada. ¿Pasó algo con Sergio?
—Sí, mamá. Nos vamos a divorciar. Luego te platico todo con calma; hoy nomás quiero que disfrutemos esto juntas.
Doña Toña abrazó a su hija con fuerza, le dio un beso en la frente y se fue a la cocina a desempacar el pastel que llevaban en la canasta. Nadia se quedó parada junto a la mesa del porche, viendo a su papá colocar su vieja regadera de lámina bajo la llave del agua. Desde adentro de su bolsa se escuchó la vibración sorda del teléfono. Era otra llamada perdida de Sergio.
Nadia apagó la pantalla, respiró el aire limpio del campo y caminó bajo el sol para ayudarle a su papá a acomodar la banca.