
—Nunca fui a esa galería por casualidad. Y el cuadro del siglo XIX no me importaba en lo más mínimo —dijo con una voz tan baja y grave que parecía retumbar en el piso del auto—. Llevo seis meses siguiéndote los pasos día y noche.
Retrocedí contra la ventanilla, invadida por un terror repentino.
—¿Eres un acosador? ¿De qué se trata todo esto? ¡Déjame bajar!
—¡Quédate quieta! —ordenó Dominic, colocándome una mano firme sobre el regazo sin lastimarme—. Si te bajo de este coche, no duras viva ni quince minutos en la banqueta. El hombre que tumbó tu puerta trasera pertenece al clan de Lorenzo Falcone. Y no estaba buscándome a mí.
La confusión me quemaba las sienes.
—Yo no conozco a ningún Falcone. Soy una restauradora de arte huérfana que vive de un sueldo modesto en un barrio viejo. ¡No tengo deudas, no tengo dinero y no tengo familia!
—Tienes familia, Chloe. Solo que tu madre pasó veinticinco años asegurándose de que jamás te enteraras para que no te tocara el infierno en el que nosotros nos criamos.
El auto cruzó una enorme reja de hierro forjado custodiada por hombres con rifles automáticos y subió por un camino empedrado flanqueado por cipreses altos, hasta detenerse frente a una imponente mansión de piedra en lo alto de la colina.
Dominic me condujo a través de pasillos de techos altos y pisos de mármol negro hasta una enorme biblioteca privada con una chimenea encendida. Cerró las pesadas puertas de caoba con cerrojo, caminó hacia la barra, se sirvió un vaso de whisky puro de un solo trago y se detuvo frente a mí.
—¿Qué tienes en esa caja de música que llevas pegada al pecho? —preguntó de pronto.
Miré la madera gastada entre mis manos temblorosas.
—Es de mi madre. Es lo único que me dejó. Siempre me dijo que nunca la forzara ni intentara abrir el compartimento inferior a menos que estuviera en peligro de muerte. Creí que solo era una fantasía de una mujer enferma.
Dominic extendió su mano abierta.
—Dámela.
Dudé un instante, pero en sus ojos no había codicia; había una sombra de dolor antiguo y una determinación inquebrantable. Le entregué la caja.
Continúa en la página siguiente