
—Señor Moretti… se lo juro que yo no le hice nada —dije, tratando de que no se me quebrara la voz—. Nomás le di una caricia. No sabía quién era usted ni de quién era el perro. Yo no busco broncas con nadie.
Dante no se movió de inmediato. Caminó lento hacia un escritorio de caoba maciza. Sobre la cubierta de piel había un fólder abierto con hojas amarillentas y varias fotos revueltas.
—A Orión no lo crié para ser una mascota, Olivia. Es un perro de ataque. Está entrenado para despedazar a quien se me acerque con malas intenciones, sin necesidad de que yo dé la orden. Hace tres meses, un socio con el que llevaba años haciendo negocios intentó sacar una navaja debajo de la mesa; Orión le partió el brazo en dos antes de que el cabrón pudiera dar un paso.
Dante apoyó las palmas sobre el escritorio y me sostuvo la mirada con una fijeza que me heló la sangre.
—En toda su vida, este perro sólo ha dejado que una persona lo toque así. Sólo una.
Sentí una punzada helada recorrerme la espalda.
—¿A quién?
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