Tomé un sorbo de café y lo miré a los ojos, sin quitarme el gorro.

—No. Y no le voy a poner nada.

—¿De qué hablas? —frunció el ceño, molesto—. Hoy tengo que ir al taller y luego a comer con unos clientes del despacho. Arréglalo rápido, no tengo tiempo para tus panchos.

Antes de que pudiera responderle, se escucharon las pantuflas de Eleanor bajando a toda prisa por la escalera. Venía con la bata abierta, la cara desencajada y el celular pegado a la oreja.

—¡Daniel! ¡El cardiólogo me canceló el envío de mis pastillas para la presión! Me mandaron un mensaje diciendo que la tarjeta platino fue reportada como cancelada por el titular. ¡Y la farmacia de la esquina me rebotó el cargo domiciliado! —se giró hacia mí, apuntándome con un dedo tembloroso y chillando—. ¡Tú! ¿Qué chingados hiciste con la tarjeta? ¡Te dije que para seguir viviendo bajo este techo tenías que obedecer, no jugar a las venganzas baratas!

Cerré mi laptop con un chasquido suave, me levanté de la silla y me quité el gorro de lana, dejando al descubierto mi cabeza totalmente afeitada. Los dos se quedaron mudos un segundo por el impacto visual.

—Bajo mi techo, Eleanor —solté con una voz tan tranquila que los congeló—. Esta casa es mía. El terreno lo compré yo, la hipoteca la liquidé yo el año pasado y las escrituras están única y exclusivamente a mi nombre porque nos casamos por bienes separados, ¿o ya se te olvidó, Daniel?

El rostro de mi marido se puso blanco como el papel.

—Sofía, cálmate, estás exagerando…

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