
El juez Simmons ajustó sus lentes de armazón grueso, abrió con parsimonia la carpeta color crema y sacó dos legajos unidos con un sello notarial rojo. El silencio en la sala era tan denso que se podía escuchar el zumbido del aire acondicionado.
—Señor y señora Carter —empezó el juez Simmons con una voz que retumbó como un trueno tranquilo—, este tribunal no acostumbra a perder el tiempo con falsedades, pero lo que ustedes presentaron no es sólo una demanda frívola; roza en el delito de perjurio.
Mi padre parpadeó, desconcertado.
—Su Señoría, no entiendo. Nosotros sólo queremos proteger el patrimonio familiar que esta muchacha…
—¡Guarde silencio, señor Carter! —lo cortó el juez con un golpe seco de su mazo—. Antes de que empezara esta audiencia, la oficina del secretario recibió el expediente completo de la propiedad, no sólo los recibos falsificados que adjuntaron a su demanda. Y junto con el historial fiscal, me encontré con este anexo: la última voluntad y testamento complementario de don Thomas Carter, veterano condecorado de la Armada y abuelo de la demandada.
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