
—Señora Carter, no interrumpa —advirtió el juez, señalándola con el bolígrafo—. Los supuestos recibos de mantenimiento que ustedes metieron al expediente son facturas infladas de una constructora fantasma que ya fue turnada a la fiscalía del condado. Ustedes pretendían despojar a una oficial en retiro utilizando triquiñuelas legales y aprovechándose de su ausencia.
El juez cerró la carpeta de golpe.
—Comandante Carter, dé un paso al frente.
Apreté la mandíbula, aguanté la punzada sorda que me subía desde la rótula lastimada y caminé con paso firme hasta el estrado.
—A sus órdenes, Señoría.
—El tribunal desestima en su totalidad la demanda interpuesta por Robert y Margaret Carter, con prejuicio, lo que significa que jamás podrán volver a presentar una acción legal sobre esta propiedad. Asimismo, se les condena al pago inmediato de todas las costas procesales generadas y se ordena abrir una investigación ministerial por falsificación de documentos en juicio civil. Quedan apercibidos de no acercarse a menos de doscientos metros de la casa de campo ni de la persona de la Comandante. Caso cerrado.
El mazo cayó con un golpe definitivo.
Mi padre se quedó petrificado en su asiento. El color se le había drenado por completo del rostro; parecía un anciano derrotado, carcomido por su propia codicia. Toda la soberbia con la que se había reído de mi uniforme en el pasillo se convirtió en una humillación pública frente a los secretarios, los oficiales de sala y los abogados que esperaban su turno.
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