
En ese instante sentí que se me caía la cara de vergüenza por todas las tarugadas que me había imaginado. No había nada turbio, ni desmadre, ni nada indecente. Alrededor de ellos dos había un tiradero en la alfombra: cajas de zapatos viejos, botes de pintura acrílica, pinceles todos desgastados, retazos de mezclilla y una libreta de espiral repleta de cuentas, precios y sumas hechas a mano. El chavito traía los dedos llenos de pegamento y Daniela temblaba del puro susto, intentando tapar a toda prisa con su sudadera una cajita de cartón que tenía entre las piernas.
—¡Mamá! Te juro por Dios que no estamos haciendo nada malo —alcanzó a decir mi hija, con la voz quebrada y asustadísima por haberme visto entrar como fiera.
Yo me quedé congelada en el marco de la puerta, con el corazón a mil por hora, sin saber si enojarme, ponerme a chillar o tragarme mi orgullo. Me acerqué despacito, tratando de calmarme, y les pregunté qué carajos estaba pasando ahí, por qué se encerraban cada bendito domingo y qué significaba todo ese relajo.
El muchacho, con una educación bárbara y la mirada agachada por respeto, se puso de pie, dio un paso atrás para no incomodarme y fue quien me dio la cara:
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