
—Señora, por favor no vaya a regañar a Daniela. La culpa fue mía por haberle metido la idea en la cabeza.
Resulta que hace como cuatro meses, Daniela me había escuchado llorar sola de noche en la cocina, batallando con las cuentas para pagar la colegiatura de la escuela y los recibos de la casa. Como la chamba se me había puesto bien perra y el dinero no alcanzaba, ella no quería ser una carga ni verme tronarme los dedos cada quincena. Este muchachito sabe dibujar y restaurar tenis muy bien, así que le propuso un trato: todos los domingos, en lugar de estar de flojos o salir a dar la vuelta, se la pasaban ocho o nueve horas trabajando. Limpiaban, cosían y pintaban a mano tenis viejos que les regalaban o les vendían baratos sus compañeros de la secundaria, para luego revenderlos personalizados por internet.
Daniela, todavía con lágrimas en los ojos, sacó la cajita que tenía escondida. Adentro había un fajo de billetes arrugados y atados con ligas, junto a una hoja doblada que decía con su letra: “Para que mamá ya no vuelva a llorar sola en la cocina”.
Llevaban meses juntando peso por peso. No salían a plazas, no iban al cine, no gastaban en tonterías; se quemaban las pestañas trabajando en silencio los domingos sólo para darme una sorpresa y echarme la mano con los gastos del hogar.
Se me hizo un nudo atravesado en la garganta y me solté chillando sin poder parar. Me tuve que tragar la culpa y el coraje por haber malpensado de mi propia chamaca. Me hinqué en la alfombra junto a ellos, los abracé con todas mis fuerzas y les pedí perdón con el alma por haber dudado. A veces uno de padre, por puro miedo a que la vida los lastime, se apendeja tanto que se le olvida el tamaño de corazón que tienen los hijos.