
—Ya está, campeón. Nunca más vas a tener que dormir solo en la oscuridad.
Lo llevamos a casa.
Le habíamos preparado una camita junto a la ventana, varios juguetes y un pequeño rincón donde pudiera descansar tranquilamente.
Pero aquella primera noche ocurrió algo que ninguno esperaba.
Cuando apagamos las luces, Milagro comenzó a llorar.
No ladraba.
Solamente emitía pequeños quejidos y caminaba nervioso por la habitación.
Me levanté para comprobar qué sucedía.
En cuanto encendí la luz, se tranquilizó.
Entonces lo comprendí.
Después de tantos días encerrado en aquel remolque, todavía tenía miedo de la oscuridad.
Así que coloqué una pequeña lámpara junto a su cama.
Me senté en el suelo y permanecí a su lado hasta que se quedó dormido.
Durante varias semanas dejamos aquella luz encendida todas las noches.
Poco a poco, Milagro comenzó a recuperar la confianza.
Ganó peso.
Su pelaje volvió a brillar.
Aprendió a jugar con una pelota amarilla que Elena le compró.
Y cada mañana, cuando yo me preparaba para ir al almacén, corría hacia la puerta para despedirme.
Pero lo más emocionante ocurrió casi tres meses después.
Una mañana de noviembre regresé al lugar donde lo habíamos encontrado.
Tenía que revisar unos documentos del almacén y decidí llevarlo conmigo.
Milagro caminaba feliz a mi lado.
Cuando llegamos cerca del viejo remolque, se detuvo.
Lo miró durante unos segundos.
Su cuerpo se puso rígido.
Me arrodillé junto a él.
—Tranquilo, amigo. Ya pasó todo.
Entonces Milagro hizo algo que jamás olvidaré.
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