—¿Por qué haría algo así?

Thomas deslizó otro documento sobre la mesa.

Era una copia de una transferencia bancaria.

Una cantidad enorme de dinero había llegado a una cuenta a nombre de mi marido pocos días después del nacimiento.

Me llevé ambas manos a la boca.

—Vendió a nuestro hijo…

Thomas no intentó suavizarlo.

—Eso es lo que indican los documentos.

Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas.

Durante años había visitado una tumba vacía. Había llevado flores cada cumpleaños. Había imaginado cómo habría sido su voz, su rostro, su primer día de escuela.

Y mientras tanto, mi hijo estaba vivo.

—¿Dónde está ahora?

Thomas me miró con tristeza.

—Eso es lo más difícil que tengo que contarte.

Mi corazón se aceleró.

—¿Qué le ha pasado?

—Hace tres meses, Daniel comenzó a investigar su adopción. Descubrió irregularidades en su certificado de nacimiento y encontró a mi hermana, que había conservado parte de los documentos originales.

Me quedé inmóvil.

—¿Y después?

—Descubrió quiénes eran sus padres biológicos.

Thomas hizo una pausa.

—Fue a buscar a tu marido.

Entonces recordé algo.

Tres meses atrás, mi marido había comenzado a comportarse de manera extraña.

Recibía llamadas que contestaba fuera de casa. Había dejado de dormir bien. Una noche lo encontré llorando en el garaje.

Cuando le pregunté qué ocurría, dijo que estaba estresado por el trabajo.

Dos semanas después, me pidió el divorcio.

—Daniel lo enfrentó —continuó Thomas—. Le exigió que te dijera la verdad. Tu marido se negó.

—¿Por qué?

—Porque sabía que, si descubrías lo ocurrido, nunca volverías a perdonarlo. Y porque Daniel estaba considerando denunciarlo.

Me limpié las lágrimas.

—Entonces decidió abandonarme antes de que yo lo descubriera.

—Exactamente.

Thomas me explicó que Daniel había intentado localizarme, pero mi marido le había dicho que yo conocía toda la historia y que no quería tener contacto con él.

Sentí una rabia que jamás había experimentado.

No solo me había quitado a mi hijo.

También había intentado impedir que nos encontráramos.

—¿Por qué estás tú aquí, Thomas?

Por primera vez, el hombre sonrió ligeramente.

—Porque Daniel es como un hijo para mí. Su padre adoptivo falleció hace cinco años y yo he estado ayudándolo con esta investigación.

Miró hacia la entrada del restaurante.

—Y porque no quería que recibieras toda esta noticia estando sola.

Seguí su mirada.

Un joven estaba de pie junto a la puerta.

Alto. Cabello oscuro. Una camisa azul sencilla.

Tenía una mano apoyada nerviosamente en el marco.

Cuando nuestros ojos se encontraron, sentí algo imposible de explicar.

Era como mirarme en un espejo de hacía veintiséis años.

Thomas se levantó.

—Creo que hay alguien que lleva mucho tiempo esperando conocerte.

El joven se acercó lentamente.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Hola —dijo con voz temblorosa.

No pude responder.

Miré sus manos, su rostro, su sonrisa.

—¿Daniel?

Asintió.

—Sí.

Me levanté tan deprisa que casi derribé la silla.

Durante unos segundos, simplemente nos miramos.

Entonces hizo una pregunta que me rompió el corazón.

—¿De verdad pensaste que había muerto?

Comencé a llorar.

—Cariño, me dijeron que te había perdido. Te busqué en mis sueños durante toda mi vida.

Daniel se cubrió el rostro.

—Mi padre me dijo que no me querías.

Lo abracé antes de que terminara la frase.

Y él me abrazó con tanta fuerza que sentí que intentaba recuperar todos los años que nos habían robado.
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