
—Mamá, los registros indican que aquella noche nacieron dos bebés.
Lo miré sin poder respirar.
—¿Dos?
Daniel asintió.
—Éramos gemelos.
El viento del océano golpeó mi rostro.
Durante veintiséis años había llorado a un hijo que nunca murió.
Ahora acababa de recuperarlo.
Pero en algún lugar del mundo podía existir también una hija de la que jamás me habían hablado.
Y fue entonces cuando Daniel dijo algo que jamás olvidaré:
—Mamá, encontramos a Sofía. Y lleva tres años trabajando para tu exmarido.