LLEVABA MESES MOLESTA PORQUE EL ANCIANO DE AL LADO DEJABA QUE SUS ENORMES PLANTAS LLENARAN MI ENTRADA DE HOJAS SECAS. AYER ENTRÉ A RECLAMARLE PORQUE SU PERRO NO PARABA DE LLORAR.

LLEVABA MESES MOLESTA PORQUE EL ANCIANO DE AL LADO DEJABA QUE SUS ENORMES PLANTAS LLENARAN MI ENTRADA DE HOJAS SECAS. AYER ENTRÉ A RECLAMARLE PORQUE SU PERRO NO PARABA DE LLORAR.

Tengo 32 años y vivo en una casa pequeña con un porche delantero que me gusta mantener impecable. Al lado vive don Samuel, un señor de unos 70 años que vive completamente solo y que tiene el jardín delantero lleno de macetas, arbustos y plantas enormes que crecen sin control. Durante los últimos meses, yo estaba de un genio insoportable con él. Cada mañana, al salir a tomar el café, encontraba mi piso lleno de hojas secas, ramas y pétalos marchitos que caían desde su cerca. Limpiaba de mala gana, azotando la escoba para que él escuchara mi molestia, y más de una vez le grité desde el pasillo: “¡Don Samuel, por favor, pode sus plantas, que yo no tengo por qué estar barriendo la basura de su patio todos los días!”.

El viejo solo me miraba con timidez desde su ventana, me pedía disculpas con un hilo de voz y se metía a su casa. Yo pensaba que era un viejo desidioso al que no le importaba la convivencia.

El colmo de mi fastidio fue ayer domingo. Eran las dos de la tarde y el perro de don Samuel, un criollo viejo que siempre está con él, llevaba horas llorando y rascando la puerta principal de una manera desesperada. Pensando que el señor se había ido y había dejado al animal encerrado, caminé furiosa hacia su entrada lista para armarle un reclamo definitivo por el ruido.

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