SU ESPOSA LE QUITABA LA TARJETA Y SOLO LE DABA 20 PESOS… ÉL LA LLAMÓ TACAÑA, HASTA QUE ABRIÓ EL SOBRE QUE ELLA ESCONDIÓ POR 5 AÑOS


—Es nuestro terreno.

Él no contestó.

No porque no quisiera, sino porque de pronto no encontró voz.

Maribel sacó otra hoja del sobre.

Era un plano sencillo.

Una casita de 2 recámaras, sala, cocina, baño, patio de servicio y un pedazo de jardín al frente.

En una esquina, con pluma azul, alguien había escrito:

“Espacio para bugambilia.”

Martín tragó saliva.

Cuando eran novios, él siempre decía que algún día tendría una casa con una bugambilia en la entrada, como la de su abuela en Oaxaca.

Lo decía de broma.

Lo decía cuando no tenían ni para pagar completo el cuarto donde vivían.

Maribel nunca se burló de ese sueño.
Solo lo guardó.

—Ernesto no es ningún hombre escondido —dijo ella con la voz temblorosa—. Es el dueño del terreno. Mañana terminamos de pagarle.

Martín levantó la mirada.

La rabia se le cayó de la cara poco a poco, como pintura vieja bajo la lluvia.

—¿Terminamos?

—Sí.

Ella abrió la libreta de cuadritos que siempre tenía en la mesa.

Martín la había odiado durante años.

Le parecía el símbolo de su humillación.

Ahí estaban todos los recibos, las cuentas y los ahorros.

Cada página tenía fechas, cantidades, pagos, abonos y notas pequeñas.

“Quitar 100 del pollo.”
“No comprar blusa.”
“Guardar horas extra de Martín.”
“Costuras de la señora Lety: 250.”
“Pago Ernesto: 1,800.”
“Faltan 23,400.”
“Faltan 12,000.”
“Faltan 3,500.”

La última línea decía:

“Último pago: mañana.”

Martín sintió que se le aflojaban las piernas.

Se sentó en la silla más cercana.

Maribel permaneció de pie, con el vestido rojo gastado y los ojos llenos de una tristeza que él nunca se había detenido a mirar.

—Hace 5 años vi ese terreno anunciado en una cartulina pegada afuera de una tienda —explicó—. Estaba lejos, sí. No era una zona elegante. Pero costaba lo único que nosotros podíamos intentar pagar.

Martín se tapó la boca.

—¿Por qué nunca me dijiste?

Maribel soltó una risa rota.

—Porque cada vez que hablábamos de dinero terminábamos peleando. Tú llegabas cansado, con razón. Yo también estaba cansada. Y si te decía, ibas a querer usar ese dinero para descansar un poquito, para darte un gusto, para no sentirte menos que tus amigos.

Él bajó la cabeza.
Continúa en la página siguiente

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