SU ESPOSA LE QUITABA LA TARJETA Y SOLO LE DABA 20 PESOS… ÉL LA LLAMÓ TACAÑA, HASTA QUE ABRIÓ EL SOBRE QUE ELLA ESCONDIÓ POR 5 AÑOS


La comida se enfrió sobre la mesa.

El flan empezó a aguadarse.

El refresco perdió gas.

Nada de eso importó.

Durante varios minutos, solo existieron ellos 2, abrazados en la cocina de una casa rentada que ya no parecía cárcel, sino despedida.

—Soy un idiota —dijo Martín entre lágrimas—. Te acusé de cosas horribles.

—Sí —respondió Maribel, sin endulzarlo.

Él la miró, sorprendido.

Ella respiró hondo.
—Sí fuiste injusto. Sí me dolió. Sí muchas noches pensé en dejar de intentarlo. No soy de piedra, Martín.

Él agachó la cabeza.

Ese fue el golpe más fuerte.

No la escritura.

No el terreno.

No el plano.

Fue entender que Maribel no era una santa de novela que aguantaba sin sentir.

Era una mujer cansada que había elegido quedarse, incluso cuando su propio esposo la hacía sentir sola.

—No quiero que me pidas perdón solo hoy —dijo ella—. Quiero que cambies.

Martín asintió rápido.

—Voy a cambiar.

—No lo digas por llorar. Dilo con hechos.

Él tomó la tarjeta del banco de la mesa y se la puso en la mano.

Luego hizo algo que ella no esperaba.

Sacó su celular, abrió la aplicación del banco y le mostró la pantalla.

—Desde mañana, lo vemos juntos. Las cuentas, los pagos, todo. Ya no quiero que cargues sola con esto. Y si no hay para chelas, no hay. Si hay para block, va para block.

Maribel lo miró largo rato.

Como si quisiera creerle, pero tuviera miedo.

—¿Y tus amigos?

Martín se limpió la cara.

—Que se rían. Que digan lo que quieran. Ninguno de ellos me está construyendo una casa.

Por primera vez en toda la noche, Maribel sonrió de verdad.

Se sentaron a cenar.

El pollo ya estaba tibio, pero a Martín le supo como banquete.

Miraba el plano entre bocado y bocado.

—¿Aquí sería la cocina? —preguntó.

—Sí.

—¿Con ventana grande?

Maribel sonrió.

—Con ventana grande. Como siempre quisiste tú para mí.

Martín se llevó una mano al pecho.

—Yo pensé que tú ya no te acordabas de esas tonterías.

—No eran tonterías —dijo ella—. Eran sueños pobres, pero sueños al fin.

Al día siguiente, Martín no fue a la fábrica.

Pidió permiso sin goce de sueldo, aunque antes le hubiera dolido perder ese día.

Acompañó a Maribel a Tecámac.

Tomaron combi, luego otro camión, luego caminaron varias calles de terracería.

El terreno estaba cercado con malla oxidada.

No había pasto.

No había sombra.

Solo tierra seca, piedras y un letrero torcido con pintura blanca.

Pero cuando Maribel abrió el candado, Martín entró como quien pisa un milagro.

Se agachó, tomó un puño de tierra y lloró otra vez.

—Aquí va la bugambilia —dijo ella, señalando la entrada.
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