
El barón
Joaquim de Araújo explicó entonces la oportunidad que podía cambiarlo todo. El barón tenía una hija, Eduarda, de veintidós años. A diferencia de las demás mujeres de su comunidad, a ella le encantaba montar a caballo, cazar, pelear y jugar.
Cada año, organizaba un torneo en la finca de su padre. Luchadores de toda la región acudían a competir en boxeo, lucha libre y otros deportes de combate. El ganador recibía 100 reis.
Esta suma sería suficiente para saldar las deudas de Joaquim, recuperar sus bienes y permitirle permanecer en el cargo durante muchos años.
Pero Joaquim no sabía pelear. Era viejo, débil y desafortunado.
Entonces le dijo a Benedita lo que había visto en ella: no una mujer inútil, sino una luchadora. Una fuerza que nadie había comprendido jamás, porque nadie le había dado la oportunidad de usarla a su favor.
Su oferta fue clara: la entrenaría en secreto para el torneo. Si ganaba, compartirían el premio. La mitad sería para él, o 50 contos, suficiente para pagar los impuestos y empezar de nuevo en otro lugar.
Benedita preguntó qué pasaría si perdía.
Joaquim respondió que perderían juntos. Él perdería el quinto. Podría ser revendido. Pero al menos lo intentarían.
No confiaba en él. Aun así, no tenía muchas otras opciones. Algo en la voz de Joaquim, un cansancio genuino y un dolor palpable, le hizo pensar que tal vez decía la verdad.
Ella aceptó, con una simple amenaza:
“Yo lucho. Pero si me traicionas, te mataré.”
El entrenamiento secreto de Benedita
Al día siguiente, Joaquim despertó a Benedita antes del amanecer. La llevó a un claro escondido, lejos de miradas indiscretas, e improvisó un círculo con cuerdas tendidas entre los árboles.
Trajo consigo sacos de boxeo, trozos de madera para romper y viejos libros de artes marciales que conservaba de su juventud. Él mismo no sabía cómo aplicar todas las técnicas, pero conocía la teoría: posturas, movimientos, esquivas y ataques.
Benedita aprendió rápido. Su fuerza era bruta, pero estaba impulsada por el instinto. Atacaba con la furia acumulada durante veintitrés años de violencia, cadenas, hambre y humillación.
Poco a poco, esta ira fue cambiando de forma. Dejó de ser una explosión ciega. Se transformó en movimiento, precisión, energía controlada.
Todos los días, Benedita entrenaba durante cinco horas y luego volvía a trabajar en la granja para mantener las apariencias. Pasaron los meses. Su cuerpo se fortaleció, sus movimientos se volvieron más precisos y su postura más firme.
En septiembre, tres meses antes del torneo, Joaquim decidió ponerlo a prueba. Se colocó frente a él para una simulación.
Lo derribó en diez segundos.
Joaquim se puso de pie riendo, a pesar de la sangre en su boca, y le dijo que estaba lista.