
misterio de una falsa muerte
—¿Karl? —el nombre salió de mi garganta como un soplido ahogado, apenas un hilo de voz que se perdió entre el ronroneo del motor del autobús y el golpeteo de la lluvia contra las ventanas. Mi cuerpo se tensó por completo, atrapado en esa delgada y terrorífica línea que separa la locura de la realidad. Mis manos, que aún sostenían con fuerza las correas de mi mochila, empezaron a temblar descontroladamente.
Él no me miró directamente. Mantuvo la vista fija en el pasillo del autobús, con la visera de la gorra lo suficientemente baja como para ocultar sus ojos de cualquiera que pasara caminando, pero lo suficientemente cerca como para que yo pudiera ver el perfil de su mandíbula, la pequeña cicatriz cerca de su oreja y ese lunar que tantas veces había besado. Era él. No había ninguna duda. El hombre al que había llorado frente a un ataúd cerrado hacía apenas unas horas estaba sentado a mi lado, respirando, desprendiendo el calor de los vivos.
—No me mires fijamente, Alisha, por favor —susurró con una urgencia que me heló la sangre. Su voz era idéntica, pero desprovista de la ligereza y la alegría que siempre la habían caracterizado. Sonaba rota, cargada de un peso insoportable—. Sé que estás aterrorizada. Sé que piensas que te has vuelto loca, pero soy yo. Estoy vivo.
—Te enterré —dije, y esta vez una lágrima traicionera resbaló por mi mejilla, caliente y real—. Karl, organicé tu funeral. Tus amigos lloraron. Yo… yo morí contigo en ese salón de bodas. ¿Qué es esto? ¿Qué clase de broma macabra es esta?
Intenté levantarme, impulsada por una mezcla de pánico y rabia ciega, pero su mano se movió con rapidez y me tomó del anteojo. Su agarre era firme, real, desesperado. No era el fantasma de mis remordimientos; era carne y hueso.
—Si te bajas de este autobús, si llamas la atención de alguien, nos matarán a los dos —sentenció en un murmullo tan bajo que tuve que inclinarme para escucharlo—. Mi familia no juega, Alisha. Nunca lo ha hecho. El infarto no fue un accidente. Me envenenaron en nuestra propia boda.
Continúa en la página siguiente