
Ofelia Morales jamás pensó que su vida todavía pudiera romperse después de los 60.
Creía que lo peor ya había pasado.
Creía que la muerte de Efraín Rivas, su marido de 37 años, había cerrado la última puerta pesada de su casa.
Pero hay puertas que no se cierran con funerales.
A veces se quedan apenas entornadas durante décadas, esperando una madrugada, un cuarto barato, una foto vieja y un hombre llorando al borde de una cama.
Ofelia tenía 65 años y vivía en Puebla con una rutina tan silenciosa que parecía prestada.
Se levantaba temprano aunque nadie la esperara.
Calentaba café aunque casi siempre lo dejaba enfriar.
Abría las ventanas aunque la casa no tuviera risas que ventilar.
Durante 3 años de viuda, la gente le había repetido una frase que sonaba amable y terminaba hundiéndola: “Ya descansó, Ofelita”.
Lo decían por Efraín.
Lo decían por ella.
Lo decían como si 37 años de matrimonio con un hombre correcto por fuera y frío por dentro fueran una medalla.
Efraín había sido respetado en la colonia.
Saludaba con la cabeza.
Iba a misa cuando tocaba.
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