
—Claro que no, mi amor. No vas a ninguna parte —le susurró al oído, apretándola con delicadeza—. Los médicos ya saben exactamente qué es lo que te hace daño en la tripita. Se van a quedar contigo unos días aquí en el hospital para curarte del todo. Te vas a poner bien, te lo prometo.
Apenas terminamos de preparar el papeleo para el traslado a la habitación de la planta alta, mi teléfono móvil comenzó a vibrar en el bolsillo de mi pantalón. En la pantalla parpadeaba el nombre de Robert. Un nudo de ansiedad se instaló en mi pecho. Salí al pasillo de la zona de tránsito para responder, buscando un rincón donde el ruido de las camillas no delatara mi ubicación.
—¿Dónde demonios están? —la voz de Robert sonó cortante, cargada de una irritación inmediata—. He llegado a casa y no hay nadie. ¿Has vuelto a gastar gasolina en alguna tontería? Te dije claramente que Maya solo quería llamar la atención.
Respiré hondo, intentando mantener la voz lo más firme posible, aunque la rabia y la tristeza se mezclaban en mis cuerdas vocales de forma caótica.
—Estamos en el Centro Médico Riverside, Robert —dije con una frialdad que lo obligó a guardar silencio al otro lado de la línea—. Maya no estaba dramatizando. No estaba fingiendo nada. Tiene un tumor de gran tamaño en el abdomen y la van a ingresar ahora mismo en la unidad pediátrica. El médico dice que si hubiéramos esperado más, la historia habría sido otra. Así que recoge algunas de sus cosas y ven aquí de inmediato. Tu hija te necesita.
Hubo un silencio prolongado en la línea, una pausa tan larga que por un segundo pensé que la llamada se había cortado. La arrogancia y la certeza absoluta de Robert parecieron evaporarse de golpe, reemplazadas por una respiración pesada y errática. No supo qué decir; la realidad acababa de derribar el muro de excusas que había construido para proteger su orgullo y su bolsillo.
—Voy para allá —alcanzó a murmurar antes de colgar de forma abrupta.
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