—Solo quiero hacer una prueba de ADN.

Valeria lo miró con desconfianza.

—¿Y si se equivoca?

—Desapareceré de su vida.

—¿Y si no?

Los ojos de Julián se llenaron de una emoción contenida.

—Entonces mi familia habrá recuperado a la persona que lleva buscando más de dos décadas.

Valeria observó a Sofía.

La niña apretaba su oso de peluche contra el pecho.

Ella no tenía dinero.

No tenía casa.

No tenía trabajo desde que Alejandro la obligó a dejar el restaurante para “dedicarse a su familia”.

Y ahora un desconocido afirmaba que podía pertenecer a una de las familias más poderosas del país.

Era absurdo.

Peligroso.

Demasiado conveniente.

—No confío en usted —dijo.

—No tiene por qué hacerlo.

Julián le entregó una tarjeta.

—El laboratorio está a su nombre. Puede elegir cualquier médico. No tiene que venir conmigo. Puede llevar un abogado.

Valeria sostuvo la tarjeta.

—¿Por qué está tan seguro?

Julián miró el anillo bajo su blusa.

—Porque mi madre mandó fabricar solo dos piezas.

Tocó su propio pecho.

Debajo de la camisa, colgaba una cadena idéntica.

—Yo tengo la otra.

En San Pedro Garza García, Alejandro despertó cerca del mediodía con una sonrisa satisfecha.

Vanessa dormía a su lado.

En el piso había botellas vacías, vasos de plástico y restos de decoraciones de la fiesta.

Olivia tomaba café en la cocina, hablando por teléfono con una tía.

—Claro que volverá —decía—. Valeria no tiene a dónde ir.

Alejandro revisó el video.

Había superado los tres millones de reproducciones.

Algunas personas lo insultaban.

Otras decían que todo era actuación.

A él no le importaba.

Lo único que le interesaba era que su nombre aparecía en todas partes.

—Esto podría volverme famoso —dijo.

Vanessa se incorporó.

—Podríamos abrir un canal.

—¿De qué?

—De relaciones reales. Parejas sin filtros.

Alejandro soltó una carcajada.

—Primero necesito que Valeria regrese.

—¿Para qué?

—Para que salga en un video diciendo que fue una broma.

Olivia entró a la habitación.

—Oblígala.

—Lo haré.

Alejandro marcó el número de Valeria.

El teléfono estaba apagado.

Volvió a llamar.

Nada.

Su sonrisa desapareció.

—Está jugando conmigo.

Vanessa se encogió de hombros.

—Déjala. Va a volver cuando necesite dinero.

En ese momento, el teléfono de Alejandro recibió una llamada.

Era su contador.

—Señor Vance, tenemos un problema.

—¿Qué pasó?

—El Grupo Alcázar canceló la compra de materiales.

Alejandro se sentó de golpe.

—Eso es imposible. El contrato ya estaba aprobado.

—Lo retiraron esta mañana.

—¿Por qué?

—No dieron explicaciones.

Alejandro apretó la mandíbula.

El contrato representaba casi el cuarenta por ciento de los ingresos anuales de su empresa.

—Llama a su director financiero.

—Ya lo hice.

—¿Y?

—Dijo que la decisión es definitiva.

Antes de que Alejandro pudiera responder, entró otra llamada.

Después otra.

Un proveedor congeló su línea de crédito.

Un banco suspendió la aprobación de un préstamo.

El propietario de la casa informó que no renovaría el contrato de renta.

En menos de una hora, tres clientes solicitaron auditorías.

Alejandro comenzó a caminar de un lado a otro.

—Alguien está haciendo esto.

Olivia frunció el ceño.

—¿Quién?

Alejandro miró el video de la fiesta.

Su atención se detuvo en el hombre del traje oscuro que aparecía cerca de la entrada.

Amplió la imagen.

Vanessa se acercó.

—Yo lo conozco.

—¿Quién es?

—Julián Alcázar.

Alejandro palideció.

Cualquier empresario de Monterrey conocía ese apellido.

Inversiones.

Constructoras.

Hoteles.

Bancos.

Fondos internacionales.

La familia Alcázar podía cerrar una empresa sin levantar la voz.

—¿Qué hacía en mi fiesta?

Vanessa guardó silencio.

Olivia miró a su hijo.

—Tal vez estaba interesado en algún negocio.

Alejandro negó lentamente.

En el video, Julián no observaba a nadie más.

Miraba a Valeria.

La prueba de ADN se realizó esa misma tarde.

Valeria eligió un laboratorio independiente.

Julián aceptó todas sus condiciones.

No hubo cámaras.

No hubo prensa.

No hubo abogados de traje caro presionándola.

Solo dos muestras de sangre y una espera de cuarenta y ocho horas.

Durante ese tiempo, Valeria permaneció en casa de su amiga Renata.

Intentó concentrarse en Sofía.

Pero no podía dejar de mirar la fotografía.

Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba una voz femenina.

“Camila, no sueltes mi mano.”

La frase aparecía una y otra vez.

Como un recuerdo tratando de abrirse paso entre años de oscuridad.

La segunda noche, Renata entró a la habitación.

—Hay alguien abajo.

Valeria se tensó.

—¿Alejandro?

—Sí.

Valeria se acercó a la ventana.

Alejandro estaba junto a su camioneta.

Llevaba flores.

También había dos hombres grabando.

—No está aquí para disculparse —dijo Renata—. Está aquí para limpiar su imagen.

Alejandro levantó la vista y comenzó a gritar:

—¡Valeria! ¡Baja! ¡Vamos a arreglar esto como adultos!

Los vecinos salieron a mirar.

Uno de los hombres inició una transmisión en vivo.

—¡Sé que estás enojada! —continuó—. ¡Pero estás alejando a mi hija de su padre!

Valeria sintió cómo le temblaban las manos.

Sofía apareció detrás de ella.

Al escuchar la voz de Alejandro, se escondió debajo de la mesa.

Ese gesto fue suficiente.

Valeria bajó.

Renata trató de detenerla.

—No vayas sola.

—No lo haré.

Tomó su teléfono y activó la grabación.

Cuando salió del edificio, Alejandro abrió los brazos como si fuera la víctima.

—Por fin.

Valeria se quedó a varios metros de distancia.

—¿Qué quieres?

—Quiero que vuelvas a casa.

—No.

Alejandro sonrió, pero sus ojos estaban llenos de furia.

—No hagas esto frente a las cámaras.

—Tú trajiste las cámaras.

Las personas alrededor comenzaron a murmurar.

Alejandro bajó la voz.

—Escúchame bien. Si no regresas, voy a pedir la custodia total de Sofía.

Valeria sintió un golpe en el pecho.

—Nunca has llevado a Sofía al médico.

—Eso no importa.

—No sabes qué medicamento usa.

—Tengo dinero. Tú no.

—¿Eso es una amenaza?

—Es la realidad.

Se acercó un paso.

—Puedo demostrar que eres inestable. El video muestra que abandonaste la fiesta y te llevaste a la niña en medio de una crisis emocional.

Valeria apretó el teléfono.

—El video también muestra cómo me agrediste.

—Fue un accidente.

—Me tomaste del cabello.

—Nadie va a testificar contra mí.

Alejandro sonrió.

—Todos estaban de mi lado.

Una voz masculina sonó detrás de Valeria.

—Yo sí voy a testificar.

Julián Alcázar caminó hacia ellos acompañado de Thomas y una abogada.

El rostro de Alejandro perdió el color.

—Señor Alcázar…

Julián no le dirigió ni una sonrisa.

—También tenemos cuarenta y tres declaraciones de personas que ya pidieron hablar después de ver la reacción pública.

Alejandro miró alrededor.

—Esto es un asunto familiar.

—Dejó de serlo cuando humilló a su esposa frente a cuarenta y siete invitados y permitió que la grabación fuera publicada.

—Ella es mi esposa.

—No es su propiedad.

Vanessa, que seguía la transmisión desde el automóvil, bajó de inmediato.

—Julián, esto se está malinterpretando.

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