
Parte 2
Me quedé inmóvil en el umbral. La mancha era oscura, extendida cerca del borde de la cama, y por un instante mi mente construyó la peor versión posible de la escena. Pero no fue eso lo que me detuvo de verdad. Fue el silencio.
Mi suegra dormía con la boca entreabierta, todavía vestida, el maquillaje corrido. Mi esposo respiraba profundo, ajeno a todo. Me acerqué despacio y entonces lo vi con claridad: una copa de vino tinto volcada sobre la mesita de noche, el líquido escurrido hasta la sábana. Nada más. Ninguna traición, ningún escándalo digno de telenovela. Solo el descuido de una mujer que había bebido demasiado y un cuarto que nadie se había molestado en ordenar. Astronomía
Sentí un alivio inmediato, seguido de algo más incómodo: vergüenza por la rapidez con la que mi mente había saltado a la peor conclusión. Pero bajo esa vergüenza había otra cosa, más dura y más real. No era celos. Era claridad.
Miré la habitación —mi habitación, la que debía ser el inicio de mi vida de casada— convertida en el cuarto de invitados de mi suegra por una noche que “no significaba nada”. Miré a mi esposo, dormido sin remordimiento, sin haber notado siquiera que yo había pasado la noche en el sofá.
No lo desperté.
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