
PARTE 2
Lucía no me abrazó.
No lloró de felicidad.
Solo sostuvo la fotografía con las manos temblorosas.
—Lo siento —murmuró—. No recuerdo a esa niña.
Sentí que acababan de arrancarme algo del pecho.
Durante veinte años me habían dicho que mi madre había muerto en el incendio de nuestra casa en San Nicolás de los Garza. Los bomberos nunca encontraron su cuerpo, pero el lugar quedó reducido a cenizas y todos asumieron que nadie podía haber sobrevivido.
Yo tenía diez años.
Después de aquello fui criada por una tía.
A los veinte conocí a Alejandro y jamás dejé de preguntarme qué habría sucedido realmente aquella noche.
Ahora mi madre estaba frente a mí.
Viva.
Pero para ella yo era una desconocida.
Cuando bajamos, Alejandro estaba esperando.
—Tú sabías algo —le reclamé.
Él negó con la cabeza.
—No estaba seguro.
Entonces confesó que, mientras servía comida en el comedor, había notado dos cosas: la edad aproximada de Lucía y una cicatriz en su muñeca izquierda. Años atrás yo le había contado que mi madre se había quemado esa mano cocinando cuando era joven.
—Pensé que podía ser una coincidencia —explicó—. Por eso la traje. Quería que tú la vieras antes de ilusionarte.
Lo abracé llorando.
Al día siguiente llevamos a Lucía con un neurólogo privado.
Después de varios estudios, el médico explicó que el trauma sufrido veinte años atrás podía haber provocado una amnesia severa.
—No la presionen —nos advirtió—. Fotografías, lugares, olores, canciones… cualquier estímulo relacionado con su vida anterior puede abrir una puerta.
Durante semanas convertí nuestra casa en un museo de mi infancia.
Busqué álbumes.
Preparé los chilaquiles que ella me hacía los domingos.
Conseguí las canciones de Juan Gabriel que escuchaba mientras limpiaba.
La llevé al parque donde me compraba paletas después de la escuela.
Nada.
Lucía sonreía, pero no recordaba.
Una tarde señaló una fotografía donde aparecía junto a un hombre.
Mi padre.
—¿Quién es?
Sentí un nudo en la garganta.
—Mi papá.
—¿Dónde está?
No pude responder.
—Mariana —insistió—. ¿Qué le pasó?
—Eso puede esperar.
Su expresión cambió.
—Todos me hablan de mi pasado excepto de él. ¿Por qué?
Me levanté y guardé la fotografía.
No quería que recordara.
Porque mi padre había muerto por mi culpa.
Al menos, eso era lo que yo llevaba creyendo desde los diez años.
Días después decidí llevar a Lucía al terreno donde estaba nuestra antigua casa. Ahora había una farmacia y varios locales.
Ella observó todo sin reconocer nada.
—Tal vez nunca voy a recordar —susurró.
—No digas eso.
Caminamos hacia el parque.
Entonces escuché un claxon y un rechinido brutal.
Una camioneta se había subido a la banqueta.
Yo me quedé paralizada.
Lucía no.
Corrió hacia mí y me empujó con todas sus fuerzas.
Caí sobre el pavimento.
La camioneta pasó a centímetros de nosotros antes de estrellarse contra un poste.
Cuando levanté la mirada, mi madre estaba de rodillas, respirando agitadamente.
Después comenzó a llorar.
Pero no era por el accidente.
Me miró de una manera que jamás había visto desde que volvió a mi vida.
—Marianita…
Se me detuvo el corazón.
Nadie me llamaba así desde mi infancia.
Lucía se llevó ambas manos a la cabeza.
—Ya sé qué pasó con tu papá.
Y la verdad que estaba a punto de contarme llevaba veinte años enterrada.
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