
La ficha azul
—¿Cuándo pensabas contarle la verdad a tu esposa? —le pregunté.
Bajó la mirada. Me explicó, con voz cansada, que aquello era un estudio de reinserción laboral para mujeres, en su mayoría mayores de cuarenta, que habían dejado sus carreras para cuidar hijos, padres, esposos, casas enteras. Colaboraba con el departamento de trabajo social del hospital, que le derivaba pacientes y cuidadoras. Los vestidos eran para las que no tenían ropa formal. La cámara, para grabar simulacros de entrevista. La cinta métrica, para ajustar los blazers. Casay jardín
—Sus historias no eran mías para contarte —dijo.
—Pero la tuya sí lo era.
Eso lo golpeó. Y entonces mis ojos se posaron en algo pequeño junto a su computadora: una ficha de plástico azul, gastada por el tiempo. La reconocí. Alguna vez había estado en un bol con monedas sueltas en nuestra casa.
—¿Qué es eso?
Marco la levantó entre los dedos. Por primera vez esa mañana no parecía culpable, sino expuesto.
—Por esto empecé todo esto —dijo—. Mi mamá me llevaba a una lavandería después de la escuela. Mi papá se fue cuando yo tenía once años. Ella había estado en casa criándome durante años y de pronto necesitaba trabajar. Fue a una entrevista y volvió llorando. El entrevistador le preguntó qué había estado haciendo todos esos años. Ella dijo que criándome. Le preguntaron qué había hecho profesionalmente. Nos sentamos en la lavandería viendo girar las secadoras y ella repetía que no tenía nada que poner en un currículum. Y yo pensaba: “Pero si ella hace todo”. Solo que no tenía las palabras todavía, Gigi.
Cerró la mano alrededor de la ficha azul.
—Años después las aprendí.
La cena que faltaba en casa
Miré la o