
Dos años después de la muerte de su hijo de ocho años, Ethan, Diane seguía haciendo cada domingo la misma silenciosa peregrinación hasta su tumba. Durante todo un año, un misterioso mestizo de Golden Retriever se sentaba junto a la lápida y le hacía compañía en silencio, sin que nadie pudiera descubrir de dónde había salido ni conseguir que lo adoptaran. Su hermana Marlene insistía constantemente en que debía seguir adelante y dejar atrás su dolor, asegurándole que había arreglado los asuntos de Ethan por amor y pensando en su bienestar. Sin embargo, el origen y el propósito del perro continuaron siendo un completo misterio hasta que, un día, apareció en el jardín trasero de Diane con el viejo conejo de peluche de Ethan entre los dientes, desencadenando una serie de acontecimientos que harían tambalearse todo lo que Diane creía saber sobre su propia familia.
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