
PARTE 2
Mariana contó la verdad antes del amanecer.
Su esposo, Daniel, había sido geólogo. Meses antes de morir por una enfermedad fulminante, encontró indicios de una pequeña veta de oro en una ladera de la parcela familiar. No era una mina capaz de volver millonario a nadie, pero Daniel creyó que algún día podía convertirse en un respaldo para Sofía.
Cometió un error: se lo comentó a un antiguo socio.
El rumor llegó a Ricardo Salgado, el hombre con más tierras de la zona. Primero ofreció comprar la parcela por una cantidad ridícula. Después mandó trabajadores a medirla sin permiso. Cuando Mariana se negó a vender, comenzaron las amenazas.
—Hace cuatro días entró a mi casa con dos hombres —confesó ella—. Querían el mapa de Daniel. Rompieron muebles, revisaron todo y me golpearon. Yo le grité a Sofía que corriera.
Julián apretó la mandíbula.
—¿Existe ese mapa?
Mariana tardó varios segundos en responder.
—Sí.
Aquella confesión cambió todo.
El mapa no estaba en la casa ni en la cabaña. Daniel había dejado un sobre sellado con una notaria de Zacatlán. Mariana había negado su existencia porque Ricardo no buscaba sólo oro: quería obligarla a ceder la tierra.
—Entonces no está persiguiendo un tesoro —dijo Julián—. Está intentando robarle el futuro a tu hija.
Esa tarde aparecieron cinco hombres frente a la cabaña.
Ricardo venía con ellos.
—Entrégame a la mujer y el documento, Julián —gritó desde el camino—. Tú no tienes nada que ver.
—Ahora sí tengo.
Ricardo se rio.
—Siempre fuiste un loco escondido en el monte. No conviertas esto en tu funeral.
Julián no respondió. Sólo se colocó frente a la puerta.
Los hombres intentaron avanzar y hubo disparos contra la fachada. Julián respondió para obligarlos a retroceder; Mariana, desde una ventana trasera, evitó que uno de ellos rodeara la casa. Nadie murió, pero dos hombres salieron heridos y Ricardo terminó huyendo, humillado.
Fue entonces cuando Mariana descubrió otra verdad.
Julián no era un simple campesino solitario. Había sido sargento del Ejército. Se había retirado después de años viendo cómo la ambición y la corrupción destruían vidas, y había jurado no volver a meterse en problemas ajenos.
—Hasta que Sofía tocó mi puerta —dijo.
Pero Julián sabía que Ricardo regresaría con más gente. Necesitaban una autoridad que no estuviera comprada.
Su antiguo compañero Ernesto vivía en Zacatlán y conservaba contactos en la Fiscalía estatal. Julián decidió bajar a buscarlo.
Antes de partir, dejó a Mariana comida, un radio y una señal secreta.
—Tres golpes, pausa, dos golpes. Si no escuchas eso, no abras.
Ella lo abrazó por primera vez sin pensar.
—Regresa.
—Voy a regresar.
Al caer la noche siguiente, Mariana oyó pasos alrededor de la cabaña. Apagó las luces, llevó a Sofía al pequeño sótano bajo el piso y tomó el arma que Julián había dejado.
Entonces sonaron tres golpes.
Pausa.
Dos golpes.
Mariana sintió que las piernas le fallaban de alivio.
Corrió hacia la puerta, levantó la barra de madera y abrió apenas.
Una mano empujó con violencia desde afuera.
Ricardo Salgado apareció sonriendo.
—Gracias por enseñarnos la contraseña.
Detrás de él había cuatro hombres.
Y Julián todavía estaba a horas de distancia.
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