
Esperé hasta que Rodrigo se quedó dormido.
La cadena seguía alrededor de mi pierna, pero él había cometido un error: dejó las llaves sobre la cómoda.
No intenté escapar.
Todavía no.
Primero necesitaba que nadie pudiera borrar lo ocurrido.
Abrí el medallón, saqué la memoria y la conecté al teléfono viejo que escondía detrás del mueble de la cocina. Copié los audios y fotografié la cadena alrededor de mi tobillo.
Después envié todo a mi hermana.
Solo escribí:
“Guárdalo. Llama a la policía. No avises a Rodrigo.”
Regresé al dormitorio antes de que despertara.
A la mañana siguiente, Teresa golpeó la puerta.
—Levántate. Hay que preparar el desayuno.
Rodrigo abrió los ojos.
Entonces escuchamos vehículos detenerse afuera.
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