
Parte 1
—Todavía no la enterramos y ya le estás repartiendo sus cosas a tu hermana.
La voz quebrada de mi madre fue lo primero que escuché cuando recuperé la conciencia dentro de mi propio ataúd.
No abrí los ojos.
Primero sentí el olor intenso de los lirios. Después, la lengua seca, la espalda rígida y un zumbido que parecía atravesarme el cráneo. Intenté mover los dedos y apenas conseguí que uno temblara.
Sobre mi pecho habían colocado un rosario que no recordaba haber tocado.
La tapa del féretro estaba entreabierta. Por aquella rendija entraba una línea de luz amarillenta.
Reconocí el sonido del viejo reloj de pared de mi madre.
Estaba en su casa, en Guadalajara.
También reconocí las voces de mis tías rezando, las sillas plegables del patio, el olor del café recalentado y las coronas de flores que las vecinas habían enviado.
Entonces lo entendí.
Aquello era mi velorio.
El último recuerdo claro que tenía era de la noche anterior.
Mi hermana menor, Daniela, había llegado a mi casa con una taza de leche caliente con canela.
—Tómala, Laura. Traes una cara horrible. Necesitas dormir.
Yo estaba agotada porque acababa de discutir con mi esposo, Mauricio.
Horas antes había descubierto una transferencia de 780,000 pesos desde nuestra cuenta conjunta hacia una empresa que nunca había escuchado mencionar.
Mauricio aseguró que era una inversión.
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