
Ver a mi madre reír, arreglarse y volver a enamorarse después de tantos años en soledad debería haber bastado para silenciar mis dudas. En cambio, cada domingo, cuando Ricardo cruzaba la puerta de la casa, una pregunta se hacía más ruidosa en mi cabeza. ¿Por qué siempre se iba antes del postre?
Mi madre no había tarareado una canción en once años. No desde que mi padre murió. Y sin embargo, aquel domingo por la tarde, allí estaba ella, parada frente al espejo de su habitación, tarareando una vieja melodía de Sinatra mientras se colocaba los aretes de perlas que papá le había regalado para su trigésimo aniversario.
Me apoyé en el marco de la puerta con los brazos cruzados, tratando de no emocionarme.
—Mamá, te ves hermosa.
—Ay, deja eso, Avery —dijo, agitando la mano con una sonrisa—. Es solo una cena.
—Estás usando el vestido rojo otra vez.
—Tengo permiso de usarlo.
—Ese vestido lo compraste hace poco y ya ha salido del clóset más veces que mi abrigo de invierno.
Mamá se rió, y el sonido fue tan hermoso que por un instante olvidé para qué había subido: iba, en verdad, a husmear.
El hombre que llegó con girasoles
Ricardo tenía cincuenta y dos años, aparentemente vivía solo y había conocido a mi madre en el club de jardinería del barrio, después de elogiar sus plantas de tomate. En un mes, ya le llevaba girasoles. En dos, había reparado la baranda del porche sin que nadie se lo pidiera. Incluso recordaba que a Chloe, mi hija de quince años, le encantaba el helado de menta con chispas de chocolate, y llegaba con un envase cada tanto.
Después de unos meses, mi madre parecía una versión de sí misma que yo creía perdida desde la muerte de papá. Compró el vestido rojo. Volvió a usar perfume. A veces sonreía al mirar su teléfono, como una adolescente.
Yo quería que Ricardo me cayera bien. De verdad quería.
—¿A qué hora viene? —pregunté esa tarde.
—A las cinco. Y va a tener que irse a las siete y media otra vez, así que cenemos a las seis.
Me detuve a mitad de la escalera.
—¿A las siete y media otra vez?
—Avery.
—No dije nada.
—Lo dijiste con la cara.
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