
—Tómala, Laura. Traes una cara horrible. Necesitas dormir.
Yo estaba agotada porque acababa de discutir con mi esposo, Mauricio.
Horas antes había descubierto una transferencia de 780,000 pesos desde nuestra cuenta conjunta hacia una empresa que nunca había escuchado mencionar.
Mauricio aseguró que era una inversión.
Le pedí los comprobantes.
Se molestó.
—Siempre quieres controlar todo.
—Quiero saber dónde están 780,000 pesos, Mauricio.
Después llegó Daniela con la leche.
Recuerdo haber bebido apenas la mitad.
A los pocos minutos, mis piernas comenzaron a pesarme.
Luego todo se apagó.
Hasta aquel instante.
—Laura quería muchísimo este collar —escuché decir a mi madre cerca del ataúd—. Mi mamá se lo regaló cuando cumplió 15 años. Nunca se lo quitaba.
Mauricio respondió con una suavidad que me provocó escalofríos.
—Precisamente por eso creo que Daniela debería tenerlo. Laura siempre decía que las cosas importantes tenían que quedarse en la familia.
Yo jamás había dicho eso.
A través de la rendija vi las manos de Mauricio.
Sostenían mi cadena de oro con el pequeño corazón que había pertenecido a mi abuela.
Después vi a Daniela inclinar la cabeza.
Mauricio le colocó mi collar.
Mi hermana estaba vestida de negro.
No lloraba.
Parecía nerviosa.
—¿Y si mamá pregunta después por qué lo tengo yo? —susurró Daniela.
—Tu mamá estará ocupada superando esto.
Hubo silencio.
Entonces Mauricio añadió:
—Además, en cuanto liberen el seguro, nos vamos.
Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.
—¿Cuánto tardan? —preguntó Daniela.
—El seguro es por casi 9 millones de pesos. Con el certificado de defunción no deberían tardar demasiado.
Mi respiración comenzó a acelerarse.
Tuve miedo de que pudieran escucharme.
Daniela bajó todavía más la voz.
—Ayer pensé que iba a notar el sabor.
Mauricio soltó una risa seca.
—Con tanta canela era imposible.
Todo mi cuerpo se congeló.
—Me dijiste que solo la dormiría —murmuró Daniela.
—Te dije cuánto tenías que triturar. Hiciste exactamente lo que debías.
Quise gritar.
No pude.
Quise levantarme.
Mis músculos no respondieron.
—¿Y si despierta? —preguntó ella.
Mauricio volvió a reír.
—Daniela, mírala. Ya organizaron el velorio. Todos creen que está muerta.
Escuché a una de mis tías preguntar a qué hora llegaría la carroza funeraria.
Otra mujer dijo que el entierro sería antes de las 6.
Me quedaban unas horas.
Tal vez menos.
Si nadie descubría que seguía viva, terminaría bajo tierra antes de recuperar el control del cuerpo.
Intenté mover la mano otra vez.
Nada.
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