
A las ocho y diecisiete de la mañana, tres vehículos se estacionaron frente a la casa azul.
Lucía estaba amamantando a Emilia cuando escuchó el primer portazo.
Después otro.
Y otro.
Se acercó lentamente a la ventana.
Doña Rosa estaba frente al zaguán con dos maletas enormes.
Detrás de ella, Maribel descargaba bolsas, cajas y juguetes.
Tomás sacaba un televisor del automóvil.
Los niños corrían por la banqueta.
No habían venido a preguntar.
Habían venido a instalarse.
Doña Rosa golpeó el zaguán.
—¡Lucía! ¡Abre!
Lucía respiró profundamente.
Cada movimiento todavía le recordaba la cesárea.
Pero aquella mañana no estaba sola.
Caminó hasta la puerta con Emilia contra el pecho.
—Ya te dije que no.
Doña Rosa levantó las manos.
—¿Vas a dejar a tu propia madre en la calle?
—Tienes casa.
—¡Maribel no!
Maribel apareció detrás.
—Solo será mientras encontramos algo.
Lucía miró las cajas.
—Trajeron hasta televisión.
Tomás soltó una carcajada.
—Pues tampoco vamos a vivir como animales.
Entonces intentó abrir el zaguán.
Estaba cerrado.
Su sonrisa desapareció.
—Abre, Lucía.
—No.
Doña Rosa comenzó a golpear con más fuerza.
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