
—¡Esta casa se compró con dinero de Andrés! ¡Ese dinero pertenece a la familia!
Una voz masculina respondió desde el interior.
—En eso se equivoca.
Todos quedaron inmóviles.
La puerta se abrió.
Esteban salió con traje oscuro y una carpeta bajo el brazo.
Doña Rosa retrocedió.
—¿Qué hace usted aquí?
—Protegiendo a mi cuñada y a mi sobrina.
Maribel miró a Lucía.
—¿Llamaste a un abogado contra tu propia familia?
Esteban levantó ligeramente la carpeta.
—Ella no necesitó contratarme. Soy familia de Emilia.
Tomás dejó el televisor en el suelo.
—Esto es ridículo. Solo queremos quedarnos unos días.
—Entonces deberían haber preguntado.
Esteban sacó una copia de las escrituras.
—La propiedad pertenece exclusivamente a Lucía Reyes. Ninguna de ustedes tiene derecho a instalarse aquí sin su consentimiento.
Doña Rosa señaló a Emilia.
—¡Yo soy su abuela!
—Eso no convierte la casa de su nieta en suya.
El rostro de Doña Rosa se endureció.
—Lucía no está bien. Acaba de perder al marido. Acaba de tener una niña. No puede tomar decisiones.
Lucía sintió un escalofrío.
Esteban también lo notó.
—Curioso que mencione eso.
Abrió otra carpeta.
La noche anterior, Lucía le había contado más cosas.
Mensajes.
Audios.
Amenazas.
La insistencia de Doña Rosa en administrar el dinero del seguro.
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