
Un amor que floreció con la promesa de una vida nueva
Julián y yo llevábamos tres años de casados cuando, después de tanto esperar y de tantas noches abrazados hablando de los nombres que le pondríamos a nuestros hijos, finalmente quedé embarazada. Recuerdo la mañana en que le mostré la prueba en el baño de nuestra casa: él estaba con el cabello alborotado, con esa cara suya de recién despierto, y cuando vio las dos líneas soltó una carcajada tan pura, tan absolutamente feliz, que me hizo llorar sin control. Me abrazó tan fuerte que sentí que me iba a romper, y me susurró al oído que ese sería el mejor año de nuestras vidas.
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